Antonio García Villarán y Avelina Lesper: Un Diálogo Crucial sobre el Arte Contemporáneo
En un encuentro largamente esperado, dos de las voces más críticas y respetadas en el panorama del arte en español, Antonio García Villarán y Avelina Lesper, se reúnen para un diálogo sin filtros sobre la verdadera naturaleza del arte en la actualidad. Tras años de menciones cruzadas en diversos canales y la coincidencia de una audiencia ávida de clarificaciones, este reencuentro marca un hito en la conversación sobre el arte contemporáneo, su mercado y sus pretensiones.
Avelina Lesper, reconocida por su agudeza crítica, expresa su profundo respeto por el trabajo de Antonio, una base sólida para esta conversación tan necesaria. Ambos han estado, de alguna manera, «juntos en una batalla» fundamental: clarificar los términos bajo los cuales se maneja la palabra «arte» hoy en día. Mientras Antonio utiliza el término «arte VIP», Avelina prefiere la denominación «arte de video, instalación y performance». La convergencia de sus audiencias, a menudo confundida por estos términos, hace de este diálogo un faro para comprender las similitudes y diferencias entre ambas aproximaciones.
Desenmascarando el «Arte VIP»: El Arte sin Talento
Antonio García Villarán introduce su concepto de «arte VIP», una etiqueta que utiliza para describir «el arte de no tener talento, el arte de la ampa». Para Antonio, este tipo de creación se presenta como arte, pero carece de calidad en todos los sentidos: teórica y plástica. Su valor, argumenta, no radica en su intrínseco mérito artístico, sino en la validación de una élite compuesta por galeristas, directores de museos y un círculo reducido de artistas.
La idea central detrás de esta crítica es que, si se entra en el juego dialéctico de discutir si algo es arte o no, se corre el riesgo de perderse en un mar de subjetividades sin llegar a ninguna conclusión. Por ello, Antonio propone calificar este tipo de obras como «arte VIP», implicando que, aunque se les llame arte, su valor es nulo. Un ejemplo claro es el tiburón en formol de Damien Hirst, una idea que Antonio califica de «absurda y tontorrona», y que solo adquiere el estatus de arte al ser expuesta en un museo.
Antonio también matiza su postura respecto al videoarte, la instalación y la performance. Aunque gran parte de estas expresiones le parecen carentes de valor, reconoce obras como las de Bill Viola en el ámbito del videoarte, que sí le conmueven. La clave, según él, reside en la calidad y la intención genuina, algo que escasea en muchas de las obras que se promueven actualmente.
La Exclusión del Público y la Denigración de las Artes Plásticas Tradicionales
Avelina Lesper profundiza en la crítica, señalando que la imposición de lo que es arte por un grupo reducido no es un fenómeno del pasado, sino una realidad más palpable que nunca en la actualidad. Critica que los museos de arte contemporáneo rara vez exhiben pintura o escultura tradicional, considerándolas «arte tradicional» mientras buscan «nuevos medios» a toda costa. Las escuelas de arte, denuncia Avelina, están empujando a los jóvenes a abandonar las disciplinas clásicas, haciéndoles sentir obsoletos si no abrazan estas nuevas formas de expresión.
El «arte VIP», en palabras de Avelina, es excluyente por naturaleza: «Si no te gusta, es que no entiendes». Esta frase se ha convertido en el escudo perfecto para obras que el público general considera vacías, como una bola de papel arrugado o unos periódicos tirados en el suelo. La dificultad no es entender la obra, sino entender por qué se le otorga un espacio de tal dignidad en una galería o museo. Avelina menciona el caso de Douglas Gordon, quien expuso un simple contorno de su mano como dibujo, denigrando, según ella, toda la disciplina del dibujo. Por ello, la postura provocadora de Avelina busca una respuesta al mismo nivel de la agresión que siente hacia el arte tradicional.
La hipocresía en el discurso también es palpable. Mientras una pintura con contenido social o humanista es tildada de «panfletaria», una instalación de hamburguesas con un supuesto subtexto sobre el imperialismo estadounidense es elevada a la categoría de arte, sin necesidad de talento ni habilidad. Esta contradicción impulsa a Avelina a «plantarles cara» y llamar a las cosas por su nombre.
El Incidente de ARCO y la Coca-Cola: La Puesta en Escena de la Absurdidad
Avelina Lesper comparte una anécdota reveladora sobre su experiencia en la feria ARCO de Madrid, donde fue «vetada» y a la que, irónicamente, no le permitían la entrada. La historia culmina con un incidente que, de manera espontánea, desnudó la fragilidad del concepto de «arte VIP».
Junto a un amigo, Avelina llevaba una lata de Coca-Cola vacía. Al no encontrar un cubo de basura, su amigo bromeó diciendo que la lata se podría colocar en cualquier obra de la exposición y «no cambiaría nada». En efecto, al colocarla frente a una obra, se cayó y se rompió accidentalmente. La reacción desmesurada de los galeristas y la acusación de haber «roto la obra» llevó a Avelina a una revelación: al interactuar con el objeto, y según las mismas reglas del arte contemporáneo, ella misma se había convertido en una «artista», añadiendo un nuevo valor a la pieza a través del escándalo. La respuesta de la galerista, «claro, y ahora va a valer más porque tú la rompiste», subraya la absurda lógica del mercado del arte, donde la controversia y la participación (involuntaria) de una crítica se convierten en un activo.
Fraudes y Farsas: Del Banksy que se Autodestruyó a la Pura «Diarrea Verbal»
La conversación se desvía hacia el famoso incidente de la obra de Banksy que se autodestruyó tras ser subastada. Ambos coinciden en que fue un «engaño grosero» y «preparado», una farsa en la que toda la prensa y los críticos cayeron. Las obras que entran a subasta, argumenta Antonio, son sometidas a exhaustivas revisiones para garantizar su autenticidad y estado, lo que hace implausible que nadie detectara un mecanismo de trituración.
Antonio y Avelina lamentan la complicidad de los medios y la crítica, quienes parecen «untados» o incapaces de ver más allá de la narrativa impuesta. Gente «sin dueño», como ellos, es capaz de denunciar estas manipulaciones. La analogía con la gastronomía ilustra la crítica: ofrecer garbanzos crudos como un «cocido conceptual» que busca el sufrimiento del comensal es una comida «de mala calidad e inservible», aunque sea comestible. Del mismo modo, el «arte VIP» es un producto de ínfima calidad que no genera conocimiento ni acervo humano.
La Falacia de la Subjetividad
Antonio García Villarán desmantela el argumento de que «el arte es subjetivo», especialmente cuando se aplica a obras compuestas por objetos. Si una obra es un objeto concreto, su lectura debería ser, en cierta medida, objetiva. «Que no nos vengan con subjetividades», sentencia, «ni que fuera metafísica».
La Instalación y la Performance: ¿Creación o Escenificación Vacía?
Avelina Lesper extiende su crítica a las instalaciones, señalando su carácter efímero y la frecuente falta de capacidad intelectual o técnica. Muchas de estas obras son «tiradas a la basura», sin aportar nada, sin generar «acervo» para los museos ni conocimiento para la humanidad. Mencionando a Ai Weiwei y Klara Lidén, Avelina describe obras como pilas de cajas de cartón o varillas de construcción alineadas, cuyo «valor» reside en narrativas externas (como el trabajo manual de obreros chinos) más que en el mérito artístico intrínseco. El abuso de «acumulaciones» de objetos prefabricados, como los caramelos de Félix González-Torres, es otro ejemplo de esta falta de originalidad y trascendencia.
En cuanto a la performance, el foco se pone en Marina Abramović. Avelina critica la repetición de sus performances, ya que por definición una performance debería ser una «acción única». Desmiente la autenticidad de algunas de sus historias, como el recorrido por la Muralla China, que en realidad fue un «culebrón» entre ella y Ulay, lleno de mentiras y ya con la pareja separada de antemano. La falta de verdadero riesgo y el excesivo control del público en sus exhibiciones (con guardias prohibiendo mirar demasiado tiempo a los performers desnudos) revelan una contradicción flagrante con la esencia transgresora que pretenden encarnar.
El Debate sobre el Compromiso en la Performance
Antonio García Villarán defiende, hasta cierto punto, a algunos performers, como el español Velás Coz, quien, en una performance, se dejó golpear por un boxeador profesional. Antonio lo valora como un «compromiso» con la obra, a pesar de su masoquismo. Sin embargo, Avelina es tajante: «no es arte bajo ninguna circunstancia». Para ella, no requiere habilidad artística, y es comparable a prácticas de diversión adulta por las que se paga, sin aportar novedad ni profundidad metafórica.
Además, Avelina critica la enseñanza de la performance en las facultades de Bellas Artes. Argumenta que carecen de la disciplina y el rigor que se exige en el teatro para los actores, quienes sí estudian el manejo del cuerpo, la voz y la interpretación. Los performers, a menudo, carecen de la capacidad de repetir un diálogo o de entender la relación espacial con un escenario. Finalmente, Avelina señala la ironía de que los performers a menudo no venden la performance en sí, sino las fotografías de ella, recurriendo a un fotógrafo externo, como es el caso de Cindy Sherman. Esto reduce la obra a una mera escenificación para ser documentada.
El Museo Vostell y la Crítica al Establecimiento Académico
Antonio García Villarán relata su propia desilusión con el museo Vostell en Malpartida, España. Tras haber sido enseñado en la carrera de Bellas Artes que Vostell era un «gran artista», al visitarlo, Antonio lo percibió como un «basurero», lleno de acumulaciones de televisores y coches. Esta experiencia le hizo cuestionar cómo, en su juventud, se había «sujetado» a narrativas académicas sobre artistas cuya obra, al reevaluarla, le parecía vacía.
El Papel Transformador de Internet y la Resistencia del Establecimiento
Ambos coinciden en que la llegada de Internet y las redes sociales ha democratizado la crítica de arte. Antonio menciona su vídeo sobre Miró, que ha acumulado millones de visitas y un alto porcentaje de «likes», demostrando que una crítica directa y sincera resuena con una gran mayoría del público. Sin embargo, esta democratización no ha sido bien recibida por el establishment. Avelina relata cómo, al inicio de sus publicaciones periodísticas, profesores universitarios intentaron que la despidieran por atreverse a cuestionar lo que era o no era arte. Antonio, por su parte, recuerda el incidente con los «grafiteros» cuando tildó su actividad de vandalismo.
Antonio describe un episodio de agresión por parte de grafiteros, quienes le arrojaron una tarta y lo insultaron en un evento público. Lo más alarmante, según Antonio, fue la tibia reacción de la institución organizadora y el apoyo de la crítica hacia los agresores, escudándose en la «vulnerabilidad» de estos. Este episodio subraya la «piel muy sensible» de una sociedad dominada por la corrección política, donde un crítico que molesta «no tiene razón de ser», según Schopenhauer.
La Incapacidad de Argumentar
Un punto crucial de su crítica es la incapacidad de muchos artistas contemporáneos y curadores para defender sus obras con argumentos coherentes. Antonio y Avelina han tenido encuentros donde, al pedir explicaciones sobre por qué algo es arte, solo reciben evasivas o «diarrea verbal» en forma de textos grandilocuentes, llenos de términos filosóficos y antropológicos, que a menudo no tienen ninguna relación real con la obra.
Estos textos, argumentan, podrían aplicarse a cualquier objeto y siguen alimentando la ilusión de profundidad. Para ellos, el arte contemporáneo, tal como se concibe actualmente, «se va a hundir solo» debido a esta falta de sustento y conexión con el público.
Conclusión: Hacia una Crítica de Arte Auténtica y Libre
El diálogo entre Antonio García Villarán y Avelina Lesper es un grito por la autenticidad y la calidad en el arte. Es una invitación a mirar más allá de las narrativas impuestas, a cuestionar la autoridad de un mercado que a menudo valora el escándalo por encima del talento, y a exigir claridad y rigor en un campo que a veces parece buscar la confusión.
Antonio agradece a Avelina su presencia y anima a su audiencia a seguirla en su nuevo canal de YouTube y en Instagram (@avelina.lester), para continuar este debate tan necesario. La conversación, que promete profundizar en el mercado del arte y el arte con animales, es un testimonio de la incansable labor de ambos por promover una crítica de arte libre, informada y, sobre todo, honesta. Si buscas entender el arte con una perspectiva fresca y sin ataduras, este es el lugar para empezar. También puedes explorar el trabajo y los cursos de Academia Crea13, para desarrollar tu propia visión crítica y artística.








