El Capricho de Balthus: Una Lección de Arte y Paciencia con James Lord y Dora Maar
La especialidad de hoy es «Capricho a lo Balthus«. Soy Antonio García Villarán y te voy a contar una anécdota fascinante que le ocurrió a Balthus, o más bien, a su amigo James Lord. Balthus, a quien quizás conozcas por sus representaciones de niñas, mantuvo una relación particular con Lord, llena de peculiaridades. De él te hablaré con más profundidad en otro vídeo de mi canal Antonio García Villarán en YouTube, o si lo prefieres, te invito a investigar más sobre su enigmática figura.
El Origen del «Capricho»: Una Alfombra y una Promesa
Esta anécdota me encanta, y sucedió así: Dora Maar –gran artista y una de las musas de Picasso– se encontraba con James Lord y Balthus. Este último acababa de mudarse a un castillo (¡quién no querría vivir en un castillo, verdad?). James poseía una alfombra heredada de su abuela que no le interesaba en absoluto. Durante una comida, Dora Maar, astuta, sugirió a Balthus: «¿No te vendría bien una alfombra para tu nuevo castillo?». Balthus respondió que «quizás le vendría bien».
Entonces, Dora propuso un intercambio: ¿por qué no le cambiaba Balthus un dibujo, una acuarela o algún boceto de su estudio por la magnífica alfombra de James? Balthus aceptó con la condición de ver la alfombra primero. James, que admiraba profundamente a Balthus, llevó la alfombra al castillo. Encajaba a la perfección. Sin embargo, al momento de la entrega del dibujo, Balthus sentenció: «Ahora mismo no tengo ningún dibujo que me guste, ninguno que considere bueno. No pierdes nada con esperar». James se marchó del castillo sin el dibujo.
La Paciencia de James Lord y la Persistencia de Balthus
James se sintió engañado, pues Balthus era conocido por su peculiar carácter. Cuando se lo comentó a Dora Maar, ella solo rió y le explicó que a Balthus le encantaba someter a sus amigos a sus propios caprichos. Pasaron semanas, meses y años, y aunque visitaron a Balthus en varias ocasiones, la respuesta era siempre la misma: «No pierdes nada con esperar. Todavía no tengo ningún dibujo para darte».
Cuando ya había transcurrido un tiempo considerable, en una cena en la que volvieron a reunirse Dora Maar, James, Balthus y un amigo de James llamado Bernard, Dora intercedió de nuevo: «Oye, si no le vas a dar ningún dibujo o acuarela, al menos dale un retrato, un boceto de James». Balthus accedió. Pero entonces, Bernard quiso sumarse al trato y, tras una negociación, consiguió que los retratos no fuesen uno, sino dos: uno para James y otro para él.
Acordaron la fecha y se dirigieron al castillo para la sesión. Pero Balthus, simplemente, no tenía ganas de dibujar ese día. Se fueron tal como habían llegado: sin nada. Después de muchísimas vueltas y de agotar su paciencia, James le puso un ultimátum: «Mira, si tal día no me haces el retrato, yo cojo mi alfombra y me la llevo. Y punto».
El Día del Retrato: Lecciones Imprevistas
Balthus le envió un telegrama que ponía: «Os espero el jueves. Saludos cordiales». Así que James y Bernard se presentaron en el castillo. Le explicaron a Balthus que al día siguiente tenían que emprender un viaje muy importante, y que los retratos debían hacerse ese mismo día o a la mañana siguiente. Balthus respondió: «Bueno, me tengo que preparar psicológicamente». Tras darle muchas vueltas, ese día tampoco les hizo los retratos.
Al día siguiente, después de desayunar con tranquilidad y tras múltiples ruegos, Balthus fue al estudio. Cogió un bloc, se sentó delante de James y comenzó a dibujarlo. Lo terminó en aproximadamente media hora y se lo mostró a James. A James no le gustó mucho; en su libro, describió que el retrato parecía «un matón». Pero como tanto le había costado conseguirlo, alabó el retrato y exclamó: «¡Qué bonito!». Balthus, sin embargo, replicó: «No estoy contento», arrancó la página y dijo: «Te voy a hacer un segundo retrato».
Le hizo un segundo retrato de perfil, el cual le gustó un poco más a James. Balthus dijo lo mismo, que no estaba contento, y realizó un tercer retrato. Este último, según los testimonios, era una obra magnífica. Los tres retratos quedaron sobre una mesita. Era el momento de hacer el retrato a Bernard.
Balthus le dijo: «Sube arriba, que te voy a hacer el retrato». Después de una hora dibujando a Bernard, James subió a ver el resultado y comprobó que el retrato de su amigo era incluso mejor que el suyo, de una maestría bestial. Balthus terminó el retrato y, tan pronto como lo hizo, con un «¡Cof, cof, cof!», lo rompió, lo destrozó. Como ya no había tiempo de hacer otro retrato, bajaron las escaleras. James le preguntó: «Oye, ¿qué retrato de los tres que me has hecho me vas a dar?». Balthus respondió: «Te voy a dar los tres. Toma, cógelos». James, sorprendido, replicó: «Solo era uno». Balthus insistió: «No, no, toma los tres». Y sobre el retrato de Bernard, añadió: «Bueno, no se pierde nada con esperar. Ya se lo haré mucho después».
La Verdadera Lección del Artista
Mucho después, James se enteró por un amigo de que Balthus iba contando por ahí, muy divertido, esta anécdota. Y es que Balthus quiso darle una lección a Bernard porque se había metido en un trato en el que no tenía nada que ver. Así que lo hizo conscientemente: le hizo el retrato y se lo rompió en su cara para, de algún modo, vengarse por ser un entrometido. ¡Estas son las cosas de los artistas!








