El Legado Artístico de la Reina Isabel II: Un Análisis Crítico de sus Retratos Más Famosos
Bienvenidos a un profundo análisis de los retratos más icónicos de la Reina Isabel II, una monarca cuya vida de 96 años fue capturada por numerosos artistas. Soy Antonio García Villarán, y en este artículo, exploraremos críticamente una selección de estas obras, desvelando las intenciones de los pintores y las percepciones de la figura real.
Pietro Annigoni: La Majestad Propaganda (1969)
Comenzamos con el retrato de 1969, obra del pintor Pietro Annigoni. En él, vemos a una joven Reina Isabel II, cuya expresión, en mi opinión, carece de rasgos fuertes o distintivos. Es una figura que podría ser cualquier otra persona, lo que me lleva a pensar en el propósito propagandístico de estas obras: ensalzar la figura de la monarca y ubicarla en su lugar como reina.
La composición es simple y triangular, con una mirada perdida que insinúa una visión trascendente. Destaca una capa roja, color de la pasión y la sangre, envolviéndola en una severidad que busca transmitir fortaleza. El fondo es prácticamente inexistente, como un telón fotográfico, lo que funciona para resaltar la figura de la reina, aunque le resta profundidad ambiental.
Una curiosidad notable es la ausencia de las manos, dando la impresión de que su cabeza, la «cabeza pensante», emerge de este pedestal de tela roja. Aunque la obra final es «relamida» para mi gusto, el boceto del mismo artista, en contraste, me parece más impactante, mostrando una mujer severa y una destreza en el dibujo indiscutible. La mirada intensa, difícil de conseguir en un retrato, es lo que finalmente me convence de la fuerza de esta obra.
Lucian Freud: La Humanidad en un Retrato Íntimo (2001)
Pasamos a un contraste absoluto, uno de mis retratos favoritos de la Reina Isabel II: el de Lucian Freud de 2001. A la Reina no le gustó nada, ¡absolutamente nada! Es un retrato sorprendentemente pequeño, casi fotográfico, donde la corona y el cabello están cortados, y su rostro, con perdón por la expresión, tiene una «cara de papa», como recién levantada.
Freud siempre pintaba del natural, y en esta obra, pese a su tamaño reducido, las pinceladas empastadas y los colores superpuestos construyen una imagen vibrante. Lo que más me atrae es la humanidad que desprende. Aunque la mirada pueda parecer apagada, se percibe la vida de una persona mayor. Los detalles de la corona, logrados con pegotones de pintura, brillan sin ser minuciosos. No sé si es una crítica o no, pero me parece un retrato magnífico que, como decía Picasso, logra que «el retratado se parezca al retrato».
Andy Warhol: El Pop Art y la Reina (1985)
Llegamos a Andy Warhol, que, cómo no, también retrató a la Reina. Y debo ser sincero: a mí no me gusta nada. Este no fue un encargo; Warhol, con su astucia comercial, vio una oportunidad y decidió pintar varias versiones a través de sus operarios en la Factory.
Lo que me molesta de estos retratos son las manchas cuadradas y aleatorias que rompen la composición sin aportar nada, estropeando la figura. El labio rojo, la corona verde… está bien, pero el parecido, fundamental en un retrato, es escaso. Si no me dijeran que es la Reina Isabel II, pensaría que es una actriz o cualquier otra persona. Los ojos, con un blanco puro excesivo, dan una sensación artificial, de plástico. Aunque es «pop art», con colores planos y líneas básicas, para mí es «basic art», un estilo que me aburre y que no logra transmitir la esencia del retratado.
Nalwall Homoffemi: Fusión de Estilos y Crítica (2012)
Este retrato de Nalwall Homoffemi, un pintor africano, me genera cierta ambivalencia. Por un lado, tiene elementos pop, con un fondo amarillo y un vestido plano. Pero, al mismo tiempo, el rostro, la piel, la mano y el abanico buscan cierto volumen de manera algo «relamida» y extraña.
La historia del pintor es fascinante: de orígenes humildes, se convirtió en un artista reconocido. Sin embargo, desde una perspectiva académica, diría que hay una fusión de estilos que no funciona. Parece un collage o un fotomontaje. El pelo no es ni plano ni realista, y el volumen del rostro es insuficiente. Detalles como la medalla plana, pintada con simples amarillo y blanco, muestran una falta de observación y técnica para representar el dorado, que requiere una paleta de verdes, negros, marrones y naranjas. El papel tapiz del vestido, con esas florecitas, resulta un tanto infantil.
Chris Levine: El Holograma de la Reina (2004)
¡Este retrato me encanta! Es un holograma, una obra del artista Chris Levine de 2004. Recuerda un poco al de Lucian Freud por la corona y el cabello. ¿Es un retrato crítico? La Reina aparece con los ojos cerrados, una rareza en un retrato. ¿Está meditando? ¿O acaso nos habla de la muerte?
Sus labios pintados de un rojo intenso contrastan con un color de piel blanquecino, casi mortuorio, que podría interpretarse como maquillaje o como una palidez subyacente. Las joyas son escasas: unos pendientes, un collar de perlas y su corona característica. El fondo, inexistente, potencia esa sensación de introspección o final. Tiene un aura oscura, como si de ella emanara la oscuridad en lugar de la luz. Un dato muy importante y bien visto, que invita a reflexionar sobre si el artista quiso comunicar algo más profundo, quizás una crítica a la monarquía o una representación del ciclo vital.
John Wonnacott: La Monarquía en Perspectiva (2000)
El retrato de John Wonnacott, del año 2000, es peculiar, casi como un cómic. Vemos a la Reina sentada, rodeada de sus nietos. El nieto más importante aparece pintado más grande, reflejando su relevancia en la línea de sucesión. Es evidente que Wonnacott, un profesor de arte y excelente retratista, utilizó fotografías para esta obra.
Lo más llamativo es la composición: el actual rey (entonces príncipe Carlos) está en un segundo plano, y su marido, en el último. Lo que está en primer plano son ¡sus cuatro perritos! Bien alimentados y adorados, junto a su nieto. El salón dorado, típico de la realeza, tiene un trabajo de color y luz increíble.
Un dato crucial, aportado por una seguidora: la figura sentada no es la Reina Isabel II, sino su madre, quien falleció en 2002. ¡La Reina Isabel II aparece de pie, detrás de su madre, en un segundo plano! Este detalle es fascinante y cambia completamente la lectura del cuadro, sugiriendo una jerarquía o un respeto hacia la figura materna. La deformación por el gran angular del hijo, con pies grandes, orejas prominentes y torso corto, podría ser una crítica a la visión distorsionada que tenemos de la realeza o la que ellos mismos tienen de la realidad.
Douglas Granville: La Sonrisa Relamida (1993)
De Douglas Granville, este retrato de 1993 nos muestra a la Reina con una medalla que solía usar. La vemos casi de cuerpo entero, con un abanico y una sonrisa al público. La composición es triangular, con un espejo que refleja la coronilla, algo inusual en un retrato.
Aunque la pintura es «relamida» y técnicamente correcta, no es de mis favoritas. Le falta la viveza de Lucian Freud o la intensidad de Chris Levine. No percibo movimiento ni profundidad. Para mí, parece más un maniquí que una mujer viva, sin esa chispa personal que busco en un buen retrato.
Rolf Harris: El Retrato Turbio (2005)
Este retrato de Rolf Harris, del año 2005, es uno que, al verlo, me dejó perplejo. Parece un demonio. La Reina está sentada de manera normal, sin corona, con pinceladas vibrantes. El tratamiento artístico no me parece malo, pero la mirada, la sonrisa… es tétrica.
Lo más interesante (y turbio) es la historia del artista. Rolf Harris fue un presentador de éxito en el Reino Unido que también se dedicó a la pintura. Sus cuadros se revalorizaron enormemente, hasta que fue condenado por abuso de menores y pedofilia. Tras el escándalo, sus obras perdieron todo valor y la Casa Real devolvió este cuadro, rechazando cualquier vínculo con él. Es una lástima que una obra de arte se vea empañada por la maldad de su creador. La sonrisa de la Reina en el retrato parece reflejar la maldad del propio Harris, como si hubiese proyectado parte de sí mismo en la obra.
Josef Wallace King: El Clasicismo de un Artista Versátil (1972)
Nos encontramos con un retrato de estilo completamente clásico, obra de Josef Wallace King en 1972. La composición, ligeramente descentrada a la derecha, deja un amplio cielo tenebroso arriba, evocando a veces los cuadros de Julio Romero de Torres. La Reina viste un vestido blanco, símbolo de pureza, y al fondo se divisa uno de sus castillos.
La vida de Wallace King es fascinante: a los once años perdió un brazo por negligencia médica, pero eso no le impidió ser un artista prolífico. Fue muchas cosas en la vida, incluso ventrílocuo, llevando su muñeco a espectáculos. Aunque no se consideraba pintor profesional, recibió importantes encargos como este. La obra, de gran formato, está bien ejecutada dentro de su estilo renacentista.
Miriam Escofet: Hiperrealismo con Detalles Inesperados (2018)
Este retrato, de la artista española Miriam Escofet (2018), presenta a la Reina como una «abuela antes de ir a misa», sin corona, siempre acompañada de un perrito. La pintura está muy cuidada, con un hiperrealismo que se aprecia en cada detalle.
Sin embargo, hay elementos que me resultan extraños: las flores parecen de plástico, y las piernas dan la impresión de ser tubos. Mirando el proceso de pintura de Miriam, se ve cómo trabaja por zonas, dedicando mucho tiempo a los detalles. El brillo del vestido, con su estampado o hilos cosidos, está muy logrado. Aun así, el resultado final es un tanto «hierático»; la Reina parece de cera, sin vitalidad, como si no fuera a levantarse y ofrecerme una taza de té. Lo más curioso son las pequeñas ruedas de la silla, un detalle tan ceñido a la fotografía que, en mi opinión, casi estropea la solemnidad del retrato.
Anthony Williams: La Melancolía de la Reina (1996)
Para finalizar, analizamos el retrato de Anthony Williams (1996), que recibió muchas críticas. Williams era una joven promesa y un gran retratista, pero esta obra no me convence del todo. El parecido con la Reina es cuestionable, y en lugar de una monarca, parece una mujer sentada en un asilo, con una mirada melancólica.
El artista pintó incluso las manchas de la piel, una técnica que ya usaba Goya y que, si bien es realista, aquí contribuye a una imagen de mayor edad. La crítica más dura se centró en sus dedos, que muchos describieron como «salchichas». La ausencia de joyas, la silla modesta y el fondo oscuro refuerzan esa atmósfera desoladora. Como retrato, no me disgusta del todo, pero le falta parecido y quizás una composición más dinámica, colocando a la figura ligeramente más a la izquierda para equilibrar la mirada perdida. Los gestos son cruciales en un retrato, y aquí la melancolía es dominante.
Reflexiones Finales
Este recorrido por los retratos de la Reina Isabel II nos ha permitido apreciar la diversidad de estilos y las diferentes interpretaciones de su figura. Desde la propaganda majestuosa hasta la humanidad cruda, cada artista dejó su huella, su visión y, a veces, incluso su propia historia en el lienzo.
Si me preguntas si yo, Antonio García Villarán, le haría un retrato a la Reina, la respuesta es sí, bajo dos premisas: un buen encargo económico y completa libertad artística. Me gusta la crítica sutil y artística, no lo obsceno. Seguramente le añadiría mi toque personal, quizás esas caninas que tanto me gustan, pero siempre con elegancia. Sería mi interpretación, un reto único que no se parecería a ninguno de los que hemos visto.
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