Activistas y Arte: Un Análisis Crítico de la Intervención en la Estatua de Cristóbal Colón
Recientemente, fuimos testigos de una acción de protesta que involucró el uso de pintura sobre la icónica estatua de Cristóbal Colón. Como experto en arte, es mi deber analizar no solo la intención, sino también, y quizás más importante, la ejecución artística de dicha intervención. Lamentablemente, desde una perspectiva puramente estética y técnica, esta acción deja mucho que desear.
El Fracaso del Objetivo Visual
Para empezar, si la meta de las activistas era ocultar o ‘tapar’ la figura de Cristóbal Colón con las manchas de pintura, el tiro fue completamente errado. Al final, la estatua se mantiene perfectamente visible, casi como si emergiera, incluso con un tono «rosita» que le dio la pintura. Se aprecia de cuerpo entero, desvirtuando cualquier intento de ocultamiento. Una acción de esta magnitud, que busca tener un impacto visual, requiere cierto nivel de planificación y ensayo. No se trata de pintar al azar, de forma impulsiva; la improvisación rara vez da buenos resultados en una performance artística pública.
La Ausencia de Técnica: Un «Dripping» sin Propósito
Más allá de la efectividad, tengo que señalar la flagrante falta de técnica en la aplicación de la pintura. El «dripping» es un estilo artístico que, cuando se ejecuta con maestría, puede ser increíblemente expresivo. Artistas como Jackson Pollock, de quien he hablado en mi canal de YouTube (puedes verlo aquí), demostraron que hay formas y maneras de lanzar la pintura para crear composiciones con significado y profundidad. Sin embargo, en esta intervención, la pintura fue lanzada de cualquier forma, resultando en una especie de «M» o dos triángulos inconexos. No hay intención, no hay una forma que comunique algo. Esto denota una seriedad y un conocimiento artístico mínimos.
El Desacierto Cromático: Un Pop Art Forzado y Mal Integrado
Finalmente, y no menos importante, la elección y la integración de la mancha de pintura con el «lienzo» (en este caso, la estatua y su entorno) son completamente erróneas. Si se pretendía interactuar artísticamente con la pieza, era fundamental analizar la tonalidad existente. Un rojo chillón, tan vibrante, no solo contrasta de forma agresiva, sino que desarmoniza por completo. Se necesitaba un tono más oscuro, más «sangre de verdad», que pudiera evocar una sensación más profunda y acorde con la posible narrativa de protesta, en lugar de ese rojo casi de caramelo. El resultado es tan discordante que la estatua parece una obra de pop art mal ejecutada, una estética que en este contexto resulta completamente fuera de lugar y carente de impacto serio.
En resumen, si el activismo busca ser efectivo también a través del arte, es imprescindible que la ejecución artística esté a la altura del mensaje. En esta ocasión, la falta de técnica, la elección cromática desacertada y la nula integración de la intervención con la obra original, no solo comprometen el mensaje, sino que desvelan una profunda ignorancia sobre los principios básicos del arte. Es un claro ejemplo de cómo una acción bienintencionada puede terminar siendo un disparate estético.








