La Adoración de los Pastores del Greco: Descubriendo los Secretos Ocultos de su Obra Maestra Final
¿Imaginas un Niño Dios asustado, con una luz que parece salir de su interior? En este análisis, te voy a desvelar todos los secretos de uno de mis cuadros favoritos de El Greco: La Adoración de los Pastores. Esta pintura está llena de detalles ocultos y simbolismos que la convierten en una obra maestra inolvidable. Prepárate para ver este lienzo con otros ojos.
Los Animales en el Pesebre: ¿Realidad o Ficción?
Una de las primeras cosas que llama la atención al observar La Adoración de los Pastores es la presencia de animales. Siempre me he fijado en el buey; esa masa marrón con un cuerno que finalmente identifiqué. La mula, sin embargo, es más esquiva, quizás esa mancha al fondo. Curiosamente, la presencia de la mula y el buey en el pesebre fue desmentida por Benedicto XVI. Según él, esta tradición proviene de los evangelios apócrifos, escrituras no reconocidas por la Iglesia, donde no se mencionan animales en la infancia de Jesús. Los artistas, sin embargo, al nacer Jesús en un pesebre (un lugar de animales), decidieron incluirlos.
Pero hay otro animal oculto en este cuadro: un cordero. Esta mancha blanca que se ve es un pequeño cordero. Los pastores acudieron a ofrecer regalos al Niño Dios, y entre ellos, este cordero. Según la tradición cristiana, simboliza el sacrificio de Cristo: el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». ¿Te suena, verdad?
El Niño Jesús: Un Realismo Brutal
Una característica notable del Greco es que nunca pintaba figuras obesas, a diferencia de otros artistas como Rubens. Él prefería retratar a personas delgadas, a menudo jóvenes. El Niño Jesús en este cuadro es, para mí, brutal. Es un niño muy realista. Acaba de nacer, se encuentra rodeado de pastores, de animales, de una mula, un buey… Es natural que el niño esté asustadísimo, con una expresión de asombro y quizás pidiendo protección a su madre. “¿Qué pasa aquí? Acabo de nacer y no estoy muy cómodo”, parece decir con su gesto.
Pero lo más fascinante es la fuente de luz. ¿De dónde viene toda la iluminación de la escena? ¡Del propio Niño Jesús! Parece haberse tragado una bombilla, emanando una luz que ilumina los rostros de la Virgen, los pastores y hasta los ángeles. En esta época, la luz solía venir de una ventana o una vela, pero El Greco la extrae del propio niño, dotándolo de un simbolismo místico y divino.
Otro detalle muy sutil es cómo la Virgen sostiene el paño del niño. Observa la postura: es la misma que El Greco utiliza al pintar a La Verónica. La Verónica simboliza la muerte de Jesucristo, pues en su manto quedó impresa la cara de Jesús camino a la cruz. Así, la Virgen, con este gesto, parece estarle diciendo al niño: “Hijo, eres mi luz, pero sé que te van a crucificar”. Una premonición velada en un gesto delicado. Y esos muslos del niño, llenos de vida y carne, que recuerdan a los querubines, confirmando que el niño es también un ángel.
El Expresionismo del Greco: Un Adelantado a su Tiempo
Fíjate en los rostros de los tres pastores. Las pinceladas que utiliza El Greco para estas cabezas son puro expresionismo. ¡Se adelantó a Kokoschka, a los expresionistas alemanes, a todos! Estudios recientes, mediante microscopía y radiografía, han revelado que El Greco no solo pintaba con la punta del pincel, sino que también usaba la parte trasera para rayar e incluso sus propios dedos. Hay huellas dactilares en sus cuadros. Era un verdadero salvaje del pincel, logrando una plasticidad brutal en su pintura. Parece que buscaba conseguir la vibración misma de la vida, haciendo que todo se moviera en una extraña descarga eléctrica, una energía que distingue su obra de todas las demás.
El color de las encarnaduras (el tono de la piel) también es revelador. Los seres de luz, como los santos, el Niño Jesús o la Virgen, tienen pieles más claras y blanquecinas. Los pastores, en cambio, muestran colores más terrosos y oscuros. Y los ángeles son casi blancos, etéreos. El Greco, un erudito con una vasta biblioteca e interesado en temas místicos, creía que los ángeles estaban hechos de éter, del quinto elemento o del material de las nubes. Por eso los pintaba con mucho color blanco, albayalde, y a veces con rostros borrosos, casi divinos, como si su belleza fuera inalcanzable.
En este cuadro, encontramos tres tipos de ángeles: los que parecen muchachitos andróginos (quizás serafines), los querubines (niños gorditos con alas, casi surrealistas) y los angelitos que son solo cabezas con alas. Esta diversidad es fascinante, aunque la angelología reconoce hasta nueve tipos de ángeles.
Composición y Autorretrato: El Testamento de un Genio
Una lección clave del Greco es la definición de los personajes: los principales (la Virgen, el Niño, San José) están mucho más trabajados en sus rostros y manos que los personajes secundarios, como los pastores, quienes tienen una calidad diferente. Una curiosidad impactante es que la figura en primer término se considera un autorretrato del propio El Greco, y el pastor a su lado, con traje amarillo y pantalones azules, supuestamente es su hijo. Si te fijas, El Greco se representa con una vestimenta distinta, diferenciándose del resto de la escena. Este cuadro fue el último que pintó, destinado a la capilla donde descansarían sus restos. Es, en esencia, su testamento artístico.
La composición es superlativa. El Greco desplaza la escena principal ligeramente hacia la izquierda, lo que le otorga dinamismo y naturalidad. Hay dos triángulos que guían la mirada del espectador hacia arriba, hacia lo divino, el cielo. Además, una composición circular creada por las cabezas dirige la atención al Niño, el centro de luz de toda la obra. Y, por si fuera poco, una tercera composición en espiral ascendente, que comienza en San José y asciende por pastores, Virgen y ángeles. Estos dos planos de realidad —lo terrenal y lo celestial— coexisten en un espacio cercano, un puro surrealismo.
El fondo arquitectónico, con bóvedas poco definidas, cumple su función de no robar protagonismo a las figuras principales. La radiografía ha revelado que El Greco pintaba directamente, modificando sobre la marcha. San José, por ejemplo, iba a estar más erguido. La mano de un pastor se movió, y el buey cambió la posición de su hocico. Un pastor vestido de verde fue originalmente un ángel, y se le insinúan aún las alas; luego fue rejuvenecido y finalmente convertido en un hombre mayor. ¡Pintura viva en constante evolución!
Incluso la cabeza de la Virgen cambió de inclinación. Otra peculiaridad es que El Greco repetía figuras y poses. Verás la misma postura en un ángel de este cuadro y en un pastor, e incluso en lienzos anteriores, como en la Adoración de los Pastores del retablo de Doña María de Aragón o en El Bautismo. Sus ángeles, algunos volando en nubes como Goku, otros sin necesidad de ellas, son seres que desafían la realidad.
La Técnica de un Maestro
El Greco pintaba sobre tela, utilizando un lienzo de lino grueso y de gran calidad, encolado sobre un aparejo de yeso y carbonato cálcico. Un detalle crucial es el color de la imprimación: solía usar un rojo oscuro, un «rojo inglés», que dejaba asomar en muchos puntos. Para La Adoración de los Pastores, una escena nocturna, empleó una imprimación más grisácea, compuesta por tierras, negro de origen orgánico, albayalde, minio de plomo, calcita y azurita orgánica roja, logrando esa atmósfera crepuscular. Sus trazos negros iniciales, realizados directamente con pincel sobre el lienzo antes de aplicar el color, son visibles todavía.
Las radiografías también han revelado manchas de quemaduras de velas en el cuadro original, un testimonio del paso del tiempo y de su ubicación. Se sabe que esta obra es puramente de El Greco, no de su taller, a pesar de que este realizaba muchos encargos. Luis Tristán, su ayudante, confirmó haberle visto pintar este cuadro de principio a fin. No fue su primera Adoración de los Pastores; la primera, de su etapa veneciana, forma parte del famoso Tríptico de Módena.
El Estado español adquirió este cuadro en 1954 por un millón seiscientas mil pesetas. Para mí, esta obra, la última de El Greco, es su testamento. En ella nos dice: “Sé dibujar perfectamente, pintar manos en escorzo, cabezas en cualquier posición, incluir la atmósfera, combinar lo terrenal y lo celestial, hacer composiciones complejas. Me adelanté a las vanguardias, deformando la figura para lograr mayor expresividad”. Todo esto está condensado en La Adoración de los Pastores. Seas creyente o no, como yo que soy ateo, la grandiosidad y belleza de esta obra de El Greco son innegables.
El Mensaje Bíblico: Lucas 2:8-20
Para contextualizar aún más esta obra, recordemos el pasaje bíblico que la inspira, según Lucas 2:8-20:
«En esa misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, turnándose para cuidar sus rebaños. Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. Pero el ángel les dijo: “No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. De repente, apareció una multitud de ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad”. Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Vamos a Belén, a ver esto que ha pasado y que el Señor nos ha dado a conocer”». Así que, ¡feliz Navidad!
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