Las Tres Anécdotas de Picasso que Revelan su Genialidad y Carácter
¡Hola a todos! Soy Antonio García Villarán y en este artículo, exploraremos la fascinante personalidad de Pablo Picasso a través de tres anécdotas que nos ayudarán a comprender mejor su genio y sus relaciones. Antes de sumergirnos en el universo picassiano, quiero recordaros que este sábado tengo mi exposición individual en Sevilla, en mi propio estudio. Después de 13 años, es un evento muy especial y la entrada es gratuita. ¡Os espero allí!
Como siempre digo, para conocer verdaderamente a una persona, hay que observar cómo interactúa con su entorno: con sus amigos, su pareja, en los pequeños detalles. Y Pablo Picasso, sin duda, era un personaje muy particular. En este post, desvelaremos tres historias interesantísimas:
- Una con Georges Braque, su gran amigo y co-creador del cubismo.
- La segunda, sobre su peculiar método de pintura cuando tenía sesenta y tantos años.
- Y la tercera, una anécdota muy divertida que compartió con su amigo Marc Chagall.
1. Picasso y Braque: La Prueba de la Amistad
Esta primera historia, como las demás, nos llega de la mano de Françoise Gilot, quien fuera pareja de Picasso en aquella época. En aquel entonces, Picasso, ya con sesenta y tantos años, acababa de conocer a Françoise y deseaba presentarla a su gran amigo Georges Braque. Juntos, visitaron el estudio de Braque.
La Invitación Pendiente
Braque se comportó de maravilla, mostrando a Françoise muchos de sus cuadros. Sin embargo, al salir, Picasso estalló en cólera. Se enfureció porque, a pesar de los años de amistad, Braque no los había invitado a almorzar, siendo ya la hora de la comida. Días después, le comentó a Françoise su plan: daría una segunda oportunidad a Braque. Irían de nuevo, sin previo aviso, a la hora de la comida. Si esta vez tampoco los invitaba, lo daría por perdido.
Meses más tarde, se presentaron en casa de Braque. Observaron sus nuevos cuadros y, como curiosidad, el pequeño cuadro de Braque que Picasso tenía en su estudio desapareció misteriosamente después del primer incidente, sin que nadie preguntara. Tras esta segunda visita, y sin invitación, se repitió la misma situación.
El Cordero Asado y la Tensión Creciente
Pasaron otros meses, y una vez más, Picasso y Françoise se presentaron sin avisar en casa de Braque a la hora de comer. Braque y su secretaria les mostraron marinas y bodegones recientes. Había también un sobrino de Braque. Picasso, intentando forzar la situación, empezó a decir:
«¡Oye, qué bien huele esto! Tiene que ser cordero asado, ¿verdad?»
Braque no decía nada. Picasso insistió:
«Ese cordero huele ya quemado, ¡no se puede echar a perder!»
Braque, tratando de desviar la conversación, sugería a Françoise ver nuevas litografías. Mientras tanto, Picasso, por lo bajo, susurraba a Françoise comentarios como: «Braque carece de voluntad» o «Braque no es más que Madame Picasso». Sus amigos, con frecuencia, le retransmitían estas pullas a Braque, lo que generaba una tensión amistosa y extraña. La mujer de Braque también subía de vez en cuando, bajaba la cabeza y no decía nada.
Para aumentar la presión, Picasso le pidió a Braque que le mostrara sus cuadros fauvistas, que estaban en el salón-comedor. Bajaron y vieron la mesa puesta con solo tres servicios: para Braque, su mujer y su sobrino. Mostraron los cuadros, pero Picasso, ya muy enfurecido, exclamó que quería ver un cuadro de arriba. Subieron de nuevo, el sobrino se despidió diciendo que tenía que trabajar, y allí se quedaron una hora y pico viendo cuadros. Braque no invitó a comer.
El Verdadero Sentimiento
Picasso salió de la casa, furioso. Pero, una vez que se calmó, dijo: «Al final, Braque no me cae tan mal». Pocos días después, el pequeño cuadro de Braque que había desaparecido de su estudio volvió a su sitio. Mucho tiempo después, cuando Françoise le preguntó qué opinaba de Braque, Picasso simplemente respondió: «A mí me gusta Braque». Al parecer, a Picasso le encantaba «pinchar» y poner a prueba a sus amigos.
2. El Método de Trabajo de Picasso: Precisión y Desorden
La segunda anécdota nos sumerge en la filosofía y el peculiar método de trabajo de Picasso. Él siempre defendía la idea de trabajar con pocos elementos: «Si tienes diez elementos, trabaja con cinco; si tienes tres, trabaja con dos». Creía que esto no solo aumentaba la maestría, sino que también generaba un «sentimiento de fuerza de reserva», como una energía contenida.
El Caos Creativo del Estudio de Picasso
A sus sesenta y tantos años, según Françoise Gilot, Picasso no usaba una paleta convencional llena de colores. En su lugar, extendía un papel de periódico, ponía dos o tres colores base y sacaba diferentes tipos de grises que ya tenía preparados para empezar a trabajar. Su estudio, un verdadero reflejo de su mente creativa, estaba lejos de ser un templo de orden. Lleno de pájaros y palomas, no le gustaba en absoluto que lo limpiaran u ordenaran.
La Exigencia de la Réplica Perfecta
Un día, mientras pintaba un gran cuadro de unos dos por tres metros, con líneas de fuerza, un búho y otros pájaros, Picasso se dio cuenta de que la obra podía tomar dos direcciones distintas. Para explorar ambas, ordenó a Françoise, quien también pintaba y le ayudaba en el estudio, que hiciera una réplica exactamente igual para el día siguiente. Aunque Françoise se sintió agobiada por la magnitud del encargo, Picasso insistió, incluso si era solo a carboncillo.
Considerando la tarea demasiado grande para ella sola, Françoise pidió ayuda a Javier Vilató, sobrino de Picasso y también pintor. Juntos, lograron hacer el cuadro, convencidos de que era idéntico. Sin embargo, cuando Picasso llegó al estudio esa noche y lo vio, explotó de nuevo, completamente enfurecido:
«¡Te dije que lo hicieras exactamente igual al otro!»
Picasso veía que algo no estaba bien en una esquina. Françoise defendió su trabajo, explicando que lo habían hecho con cuadriculado, pero Picasso, ya exasperado, insistía en que había un error. Tras un rato de discusión, cogieron un metro y, efectivamente, por uno de los lados, el cuadro tenía tres centímetros de más. La precisión era una obsesión para él.
La Bronca a Castelluccio
Picasso, sin dudarlo, cogió el teléfono y llamó a Castelluccio, el hombre de Montparnasse que le hacía los lienzos y bastidores. Françoise Gilot relata que la bronca que le echó fue monumental. Aunque Picasso tenía ayudantes, estos no le pintaban los cuadros como ocurría con otros artistas, sino que realizaban este tipo de trabajos preparatorios o de apoyo técnico.
3. Picasso y Chagall: Un Duelo de Genios y Amigos
La tercera y última anécdota nos lleva al encuentro entre Pablo Picasso y Marc Chagall. Ambos eran figuras prominentes y se conocían bien en el círculo artístico. Después de la guerra, Chagall visitó a Picasso, y durante una comida, Picasso, fiel a su estilo provocador, no tardó en «pinchar» a su amigo.
Rusia, Dinero y Un Vínculo Roto
Chagall había vivido en Rusia durante la Revolución y, aunque llegó a ocupar cargos en el museo de Bellas Artes, la situación se complicó y tuvo que marcharse. Con las cosas más calmadas, Picasso le preguntó:
«Oye, ahora que las cosas están bien en Rusia, ¿por qué no vuelves allí?»
Chagall, sonriendo, respondió:
«¡Primero tú, mi querido Pablo! Ve tú primero, si a tu pintura se le aprecia mucho en Rusia… ¡pero a ti sí!»
Picasso, con una sonrisa, respondió con otra «puya»:
«¿Además, qué te importa el dinero? Y como allí no se puede hacer dinero, pues claro…»
Aquella comida fue tensa, y desde ese día, Picasso y Chagall no volvieron a verse, distanciados por un desacuerdo que los cabreó mutuamente.
Admiración Secreta
Sin embargo, en la intimidad, meses después, cuando le preguntaron a Picasso su opinión sobre Chagall, confesó que, tras la muerte de Matisse, Chagall sería sin duda el mejor pintor vivo. Lo consideraba un gran colorista y, aunque sus temas (violinistas, folclore judío, gallos) no le interesaran particularmente, reconocía que sus cuadros eran «auténtica pintura».
Tiempo después, Chagall también compartió su opinión sobre Picasso en petit comité, diciendo: «¡Qué genio de Picasso! ¡Qué pena que no pinte!» Un comentario que, viniendo de un igual, revela tanto respeto como una profunda diferencia de visión artística.
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