Chris Burden: El controvertido camino a la fama de un artista conceptual (Parte 2)
En el fascinante y, a menudo, polarizante mundo del arte contemporáneo, pocos nombres resuenan con la provocación y el impacto de Chris Burden. Este artista, capaz de realizar actos tan extremos como dispararse en el brazo o auto-crucificarse en un Volkswagen, ¿cómo logró trascender las galerías y hacerse un hueco en la memoria colectiva? En esta segunda parte de nuestra exploración, desvelaremos las estrategias que convirtieron a Burden en una figura ineludible.
Soy Antonio García Villarán, y hoy profundizaremos en la trayectoria de este rey del arte contemporáneo.
El Escandaloso Anuncio que lo Lanzó a la Fama
La pregunta clave es: después de todas sus impactantes acciones, ¿cómo consiguió Chris Burden realmente captar la atención del público y generar interés? La respuesta es sorprendente y audaz: un anuncio de televisión. Burden ideó una publicidad televisiva que consistía, literalmente, en un fondo azul sobre el que aparecían, en letras destacadas, los nombres:
- Leonardo Da Vinci
- Vincent Van Gogh
- Pablo Picasso
- Chris Burden
Este anuncio, financiado íntegramente de su bolsillo, se emitió en una época (1976) en la que la televisión congregaba entre 8 y 10 millones de espectadores. La reacción fue inmediata y masiva: «¿Cómo que Chris Burden? ¿Quién es este hombre?» La curiosidad llevó a la gente a investigarlo, descubriendo sus obras extremas, como la de haberse disparado en el brazo. El propio Burden justificó su osadía, afirmando que no le daría publicidad a artistas ya reconocidos como Warhol, pues su objetivo era, precisamente, catapultarse a sí mismo.
Esta campaña de marketing personal fue un golpe maestro. En un panorama mediático limitado, su imagen se grabó en la mente de millones de espectadores. Al final del anuncio, Burden presumió de su autoría con una inscripción que no dejaba lugar a dudas: «Pagado por el artista Chris Burden, 1976». Para él, este anuncio no era solo publicidad; era una pieza de arte en sí misma, una provocación que demostraba que él mismo era una obra andante.
De Arquitecto Frustrado a Provocador Conceptual
Detrás del artista transgresor, existía un joven con aspiraciones más convencionales. Chris Burden, de hecho, quiso ser arquitecto. Sin embargo, tras visitar un estudio y observar la complejidad del trabajo –los planos, las reglas, las mediciones–, se desanimó. Su conclusión fue clara: «Esto me parece supercomplicado. No quiero trabajar tanto». Y así, decidió que el camino del artista, específicamente el del artista conceptual, podría ser menos exigente. O como él mismo pensó: «quizás se trabaja menos».
Estamos en los años 70, una época donde las vanguardias aún se estaban gestando en universidades como la de Irvin, donde estudió Burden. Las asignaturas de performance eran incipientes, y los profesores, en ocasiones, no sabían muy bien cómo abordarlas. Aquí, Burden encontró su nicho, una oportunidad para destacar y «hacer piezas que les estallasen la cabeza» a sus mentores.
La Taquilla: Cinco Días de Aislamiento como Obra de Arte
Una de sus primeras y más célebres piezas universitarias fue su encierro durante cinco días en una taquilla de la propia universidad. En un cubículo de apenas un metro cúbico, permaneció arrodillado, con solo agua para beber y una botella para orinar. Ante la incredulidad de sus compañeros, que le preguntaban si estaba bien, Burden respondía con una seriedad férrea: «Sí, sí, esta es mi obra de arte. Esto es una pieza de arte, no se te olvide».
Las reacciones de sus profesores, años después, son reveladoras. Algunos, queriendo parecer progresistas, lo describían como un estudiante «muy minimalista». Otros, sin tapujos, admitían que «lo veíamos como un imbécil», una cita que revela la polarización que Burden generaba incluso entonces. La sombra del consumo de sustancias (marihuana, cocaína y alcohol) también planeaba sobre su figura, lo que, según sus docentes, lo llevaba a pasar días «colgado».
Todo esto, desde la perspectiva de Antonio García Villarán, entronca con la herencia del Dadá, el «antiarte», que muchos artistas, en su opinión, malinterpretaron. Con la premisa de «cualquier cosa puede ser arte», se llegó a la paradoja de que «si todo es arte, nada es arte». Burden, y otros como él, encontraron en esta corriente una excusa para proclamarse artistas sin necesidad de un gran esfuerzo técnico o conceptual, justificando actos que a menudo se sentían más como provocación que como profundización artística.
Minimalismo, Financiación y Contradicciones
Chris Burden también incursionó en el minimalismo, una corriente que, para algunos de sus exponentes, parecía abrazar la filosofía de «cuanto menos haga, mejor». Por ejemplo, llegó a considerar una gran obra de arte un túnel de plástico similar a los que se usan para el cultivo. Con el tiempo, su minimalismo evolucionó hacia una declaración aún más radical: «A partir de ahora, la escultura soy yo». Así, una de sus «piezas» consistía simplemente en ponerse entre dos varillas de metal, proclamando que en ese instante, él mismo era la obra.
Es importante aclarar que no todo el arte conceptual o minimalista merece la misma crítica. Antonio García Villarán reconoce el valor de ciertas obras, como la «Peana del Mundo» de Piero Manzoni, una obra conceptual que le parece muy interesante. Manzoni volteó una peana y proclamó que el mundo era la gran obra de arte a la que esa peana sostenía, una idea que, por su originalidad y capacidad de invitar a la reflexión, merece respeto. No se trata de descalificar todo un movimiento, sino de discernir la calidad y el propósito real de cada pieza.
La Hipocresía del Mercado y el Financiamiento
Una de las grandes preguntas es cómo financiaba Chris Burden todas estas obras y performances. Al principio, eran sus padres quienes le proporcionaban dinero, que él utilizaba para sus obras y para su consumo de drogas. Más tarde, fue su esposa quien asumió el rol de sostén económico. Ella, profundamente enamorada y creyendo ciegamente en su talento, tenía un trabajo más convencional y dedicaba sus ingresos a financiar las controvertidas creaciones de Burden.
Sin embargo, en la trayectoria de Burden se aprecia una notoria hipocresía. Mientras en sus inicios proclamaba que sus obras estaban «fuera del mercado», que su arte era «puro» y no buscaba fines comerciales, la realidad de sus últimos años contradecía rotundamente esta afirmación. Documentales muestran a un Burden ya mayor, caminando por una vasta propiedad con hectáreas de terreno, con seis empleados dedicados a la elaboración de sus esculturas y arte conceptual. Las frases de «no, no, mis obras están fuera del mercado» resonaban de forma hueca ante tal prosperidad.
En 1978, incluso llegó a ser profesor de la Universidad de California, un puesto que probablemente lo llevó a abandonar las performances más extremas, dándose cuenta de que «de performance no se vive». Así, viró hacia la escultura, aunque con un estilo muy particular. Sus obras incluían, por ejemplo, vigas de hierro dejadas caer sobre una bañera de hormigón, tal y como caían, allí se quedaban, convertidas en «piezas». También compraba farolas viejas de chatarreros, las hacía restaurar por sus operarios y las colocaba juntas en un mismo sitio, un amasijo de «farolas nuevas» que él consideraba arte, dejando la duda de si era arte o simplemente mobiliario urbano.
En las entrevistas, cuando se le preguntaba por el significado de su trabajo, Burden solía evadir la cuestión con frases como «no quiero saber nada, no me preguntéis, cada uno que se imagine lo que sea». Esta reticencia a explicar su propia obra lleva a la reflexión: ¿un artista que ni siquiera puede articular lo que hace tiene un verdadero mensaje que transmitir?
El Legado de Burden: ¿Ocurrencias o Aporte Artístico?
La pregunta final que plantea Antonio García Villarán es la durabilidad de artistas como Chris Burden en la historia del arte. Aunque su nombre aparece en algunos libros y documentales, la sensación es que su trascendencia se debe más a sus «ocurrencias» y a actos chocantes como el de dispararse, que a un aporte artístico profundo y perdurable a la sociedad.
En su opinión, esta filosofía del «todo vale» en el arte, que exige la aceptación de cualquier manifestación bajo la etiqueta de «conceptual y contemporáneo», es un arma de doble filo. Si bien existe y habrá siempre arte conceptual y contemporáneo de excelente calidad, lamentablemente, bajo este paraguas se esconden, en ocasiones, auténticas banalidades.
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Finalmente, te lanzo una pregunta para la reflexión: ¿Crees que las piezas de Chris Burden están a la altura de los grandes maestros y maestras del arte mundial? Déjamelo en comentarios. Suscríbete al canal de Antonio García Villarán en YouTube, apóyame con un ‘me gusta’ si quieres que siga creando este tipo de contenido, y nos vemos muy pronto.








