¿Duchamp o la Baronesa Dadá? Redescubriendo el origen de «La Fuente»
¡Hola a todos! Soy Antonio García Villarán, y hoy vamos a desentrañar algunas de las anécdotas más fascinantes y, por qué no, sorprendentes sobre Marcel Duchamp. Siempre me ha interesado ir al origen de las cosas, y en mi búsqueda, encontré un valioso libro que recopila cartas escritas por Duchamp a lo largo de su vida. Estas misivas nos ofrecen claves fundamentales sobre su personalidad, su comportamiento y, lo más importante, sus profundos pensamientos respecto al arte.
Marcel Duchamp es universalmente conocido por su obra La Fuente, es decir, el famoso urinario. La historia, tal como la conocemos por los libros, cuenta que en 1917, en Nueva York, Duchamp presentó esta pieza, que muchos calificarían de «hamparte», a una exposición organizada por la Sociedad de Artistas Independientes. Las reglas eran claras: cualquiera que pagase la cuota podía exponer su obra. Duchamp, quien además formaba parte del consejo y del jurado, jugó a ser un provocador. Presentó el urinario firmado como «R. Mutt», sin revelar que era suyo.
Cuando los demás comisarios vieron la obra, la rechazaron categóricamente, no la consideraban arte. Argumentaban que no había sido creada por un artista, sino simplemente seleccionada. Duchamp y su amigo Arenberg debatieron acaloradamente, defendiendo que si un artista elige un objeto, este debe ser considerado arte. Finalmente, La Fuente no se expuso.
Pero la historia del urinario «original» es aún más curiosa: se perdió. Probablemente fue desechado sin más, al ser un objeto cotidiano. De aquella pieza presentada en 1917, solo nos queda una fotografía. De hecho, los más de 15 urinarios que hoy se exhiben en museos alrededor del mundo no son el original. Fueron encargados por el propio Duchamp en la década de los 60, con el objetivo, supongo, de asegurar su prestigio y obtener algún beneficio económico.
La Verdad Sale a la Luz: ¿Una Creación Femenina?
La trama del urinario se complica aún más. Hace muy pocos años, dos estudiosos británicos han aportado pruebas que sugieren que ni la idea ni la ejecución de La Fuente fueron de Duchamp. ¿De quién fue, entonces? La historia, nuevamente, podría estar reescribiéndose para atribuir la autoría a una mujer: la Baronesa Dadá.
Esta teoría gana cada vez más fuerza. La Baronesa Dadá, sobre quien se están realizando muchos estudios recientes, era una artista dadaísta y performer que, en sus obras, a menudo utilizaba elementos escatológicos, piezas que hoy podríamos considerar «hamparte». De hecho, en 1917, ella había creado dos obras: «Dios», una simple cañería, y «Fuente», que era el urinario.
La clave de esta revelación se encuentra en una carta que Marcel Duchamp envió a su hermana. En ella, le cuenta que una amiga suya, bajo el seudónimo de R. Mutt, le había enviado un urinario como si fuera una escultura. Este testimonio escrito del propio Duchamp sugiere una verdad alternativa.
Los defensores de Duchamp argumentan que él era un maestro de las bromas y las identidades ocultas, como su alter ego femenino Rrose Sélavy, y que esto podría ser parte de su juego. Sin embargo, hay una realidad objetiva: esas palabras están escritas, y la Baronesa Dadá realizó las obras mencionadas. Para ella, tanto la tubería («Dios») como el urinario («Fuente») «conversaban», representando al hombre y la mujer. Supuestamente, la tubería era Duchamp y el urinario, ella, ya que eran amigos íntimos.
¿Qué significa esto para la historia del arte? Que podríamos tener que reescribirla. Se están desmoronando los cimientos de lo que creíamos saber sobre figuras clave.
El Mito de los Ready-Mades y la Actitud Provocadora de Duchamp
Muchos de quienes conocieron a Duchamp lo describen como un bromista, un «cachondo mental». Leonora Carrington, por ejemplo, afirmaba que siempre estaba gastando bromas. La historia de Duchamp está llena de mitos que, al investigar, se desmontan fácilmente.
Tomemos el caso del ready-made o «objeto encontrado». En otra carta a su hermana, escrita cuando él estaba en Nueva York y ella en París, Duchamp le pide que cuide un botellero que había dejado en su estudio. Le dice que se le ha ocurrido que es un ready-made, una «escultura» inventada por él, y que no lo tire, que lo guarde porque ya se le ocurriría cómo convertirlo en una obra de arte. Ese botellero, que hoy aparece en todos los libros de historia del arte, tampoco existe. La hermana lo tiró durante una limpieza, al considerarlo un objeto de fabricación en serie sin valor aparente.
Duchamp: ¿Filósofo o Artista? Su Legado y el Hamparte
Personalmente, creo que si Duchamp viviera hoy, estaría muy de acuerdo con las teorías que propongo en mi canal. En una de sus cartas, dice literalmente: «Por favor, vuelva a poner los pies en la tierra y si le gustan algunas pinturas, algunos pintores, contemple su obra pero no intente transformar a un timador en un hombre honesto o a un impostor en un faquir.» Esto conecta directamente con lo que defiendo en mi Manifiesto Hamparte: hay que analizar la calidad de las obras y reflexionar sobre ellas, más allá de la fama o el estatus del creador.
Para mí, Duchamp era más un filósofo que un artista. Utilizó ciertas ideas para provocar, para sacudir los cimientos de la civilización que observaba, marcada por las dos guerras mundiales. De hecho, se dedicó a hacer arte o a fabricar objetos artísticos durante un periodo muy corto: llegó a París en 1904 y en 1915 ya había dejado de «hacer arte». Durante ese tiempo se involucró en el movimiento Dadá e incluso realizó buenas pinturas, pero el resto de su vida lo dedicó a promocionarse, a jugar al ajedrez, y a asegurar que sus obras estuvieran en colecciones privadas y museos, buscando, a mi parecer, la inmortalidad. Y parece que lo logró.
Duchamp era, en muchos sentidos, un «troll» o un «hater» de su época. Fíjense en las indicaciones que le dio a Jean Suquet para exponer su obra El Gran Vidrio: «Debía ir acompañado de un texto de literatura tan amorfo como sea posible que no tomara nunca forma.» Su intención era que la gente se devanara los sesos, pensando que la obra era tan sublime que no podían entenderla. Pero no, su objetivo era trolearnos, reírse de nosotros, con textos que él sabía que llevarían a la confusión. Si hasta el propio Duchamp dice en sus cartas que la historia se escribe con fantasía.
La verdad es que tanto Duchamp como la Baronesa Dadá son figuras tan fascinantes que dan para mucho. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que la historia del arte debe reescribirse? Déjamelo en los comentarios.
Se puede estar de acuerdo o no con la obra de Duchamp; se puede pensar que es arte, «hamparte», o «hamparte útil», como yo lo considero. Una de las grandes cualidades de Duchamp era su capacidad para ser amigo de casi todo el mundo, incluso de artistas con los que no comulgaba, como Pablo Picasso. Cuando Marcel Duchamp falleció, Picasso simplemente dijo: «Él estaba equivocado.»
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