¿Y si te dijeran que el éxito de un artista como Jackson Pollock no se debió únicamente a su genio, sino a una compleja red de intereses políticos y estratégicos? Hola, soy Antonio García Villarán, y en este artículo te desvelaré un secreto del que no se habla a menudo: la sorprendente vinculación de Jackson Pollock con la CIA y su ascenso en el mundo del arte.
Acompáñame en este viaje por la historia, el arte y la geopolítica, donde descubriremos cómo el gran pintor Jackson Pollock fue, en cierto modo, una herramienta de propaganda cultural. Para profundizar en esta fascinante historia, he preparado este vídeo con la ayuda de VisualPolitik:
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¿Quién fue Jackson Pollock? La Ascensión de un Icono
Para entender el fenómeno Pollock, debemos viajar a mediados del siglo XX. Es imposible comprender la evolución del arte en el siglo XX sin analizar la vida de Jackson Pollock y los motivos por los cuales alcanzó la cima. Cuando nadie conocía aún a Jackson Pollock, la multimillonaria mecenas Peggy Guggenheim le encargó en 1943 un mural grandísimo.
Sorprendentemente, tardó una noche y un día en hacerlo, y su estilo ya era notablemente particular. En ese momento, el astuto Marcel Duchamp le aconsejó que no pintara el mural directamente en la pared, sino en un lienzo, previendo que nunca se sabe en qué museo podría acabar. Desde el principio, parecía que el mundo conspiraba para hacer de este joven una gran estrella. Sin embargo, no hay más que mirar su obra para percibirla como completamente repetitiva, llegando a ser aburrida y empalagosa, como «comer siete algodones de azúcar a la vez».
Pollock solía usar colores puros –verdes, amarillos, negros, blancos– y los salpicaba sobre lienzos de grandes dimensiones. El resultado eran obras que, para muchos, se convirtieron en el paradigma de la pintura contemporánea, aunque conceptualmente, el acto de «chorrear» pintura de manera aleatoria sobre el suelo, solo con el gesto, resultaba en obras que podían ser simuladas con objetos simples y que, con el tiempo, se transformaron en un símbolo de modernidad.
No lo digo yo, el profesor Richard Taylor de la Universidad de Oregón llegó a crear un aparato que reproducía las salpicaduras de Pollock «como churros», tras un extenso estudio sobre su técnica de goteo.
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Nueva York: La Capital del Arte en la Guerra Fría
Entonces, ¿por qué llegó Pollock tan alto? ¿Cuál era el panorama social en el que se movía? En aquel momento, Nueva York se estaba transformando en el «Disneylandia del arte». En los años 30 y 40, con el ascenso de Hitler y Mussolini, Europa se volvió un lugar hostil para los artistas que no comulgaban con los regímenes. ¿A dónde se marchaban? Principalmente a Estados Unidos.
Además, tras la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba en ruinas, incluyendo París, que hasta entonces había sido el epicentro cultural. El dinero, por tanto, se trasladó a Estados Unidos. Como os podéis imaginar, el arte siempre sigue al dinero. En pocos años, Nueva York se convirtió en la capital mundial de las artes y la cultura. Por esas fechas, se construyó la Ópera Metropolitana de Nueva York y, sobre todo, el MOMA (Museo de Arte Moderno) se consolidó como el epicentro del arte moderno. ¿Y quién estaba detrás del MOMA? Nada más y nada menos que la poderosa familia Rockefeller. Recordad bien este nombre, porque es muy importante.
La CIA y la Propaganda de Élite
Pero, ¿dónde encaja la CIA en todo esto? La Agencia Central de Inteligencia (CIA) fue creada en 1947 como respuesta a la amenaza soviética. Aunque la conozcamos por películas de espías, en sus oficinas en Langley, Virginia, se gestan muchas más cosas, desde estadísticas macroeconómicas hasta las más sofisticadas estrategias para contrarrestar la propaganda soviética.
Cuando hablamos de propaganda, es crucial distinguir dos niveles. Por un lado, la propaganda de masas, dirigida al pueblo llano (películas soviéticas, películas bélicas de Hollywood). Por otro, la propaganda de élites, mensajes dirigidos a la clase dirigente, intelectuales, empresarios y políticos de un país. En los años 50, muchas élites estadounidenses eran más afines a los soviéticos de lo que se podría pensar. La Unión Soviética, a través de figuras como Willi Münzenberg (conocido como el «Willy Wonka del comunismo»), organizaba fiestas para la alta sociedad alemana y estadounidense, invitando a artistas y pensadores comunistas con el objetivo de convencer a los ricos de que los soviéticos no eran tan malos. ¿Qué tenía Estados Unidos para contrarrestar esta sofisticada estrategia?
(Minuto 2:05 – 4:40 del vídeo)
Pollock: El Artista «Bohemio» como Producto
Jackson Pollock no era precisamente un ejemplo de virtud. Sus biografías lo describen como un pintor solitario, vacío, sombrío, con graves problemas de alcoholismo y un mal carácter. Su muerte prematura en un accidente de tráfico a los 44 años en 1956 contribuyó a la creación de un mito: el artista bohemio, atormentado y auténtico, una imagen que «vendía muy bien».
Pero la promoción de Pollock no se limitó a su vida bohemia. Analizando su obra, Pollock era inicialmente una especie de cubista frustrado, un artista marginado que en 1943 conoció a Peggy Guggenheim, su «gallina de los huevos de oro». Guggenheim le asignó un sueldo, solucionándole la vida, y lo fue dirigiendo hacia el automatismo y el surrealismo, orientándolo hacia lo que después sería el Pollock que conocemos. Incluso le montó su primera exposición, exhibiendo sus lienzos de forma muy surrealista, sobre palos de béisbol, dada la fascinación de Peggy por el surrealismo.
El Arte como Ideología: Pollock vs. El Lissitzky
¿Recordáis a El Lissitzky? Este pintor, patrocinado por el gobierno soviético, fue uno de los creadores del diseño gráfico moderno. Sus obras, basadas en formas geométricas estructuradas, representaban la economía planificada del comunismo, donde el Estado garantiza que todo funciona a la perfección. La Unión Soviética tenía una colección de «artistas del régimen» cuyo trabajo era explicar las esencias del comunismo a las élites culturales.
Estados Unidos necesitaba un equivalente capitalista, un artista que representara las esencias del libre mercado y cuya vida personal encajara con la idea que vendía el país. Mientras la economía comunista se basaba en la planificación estatal (de arriba hacia abajo), el libre mercado, según economistas como Friedrich Hayek o escritores como Ayn Rand (muy influyentes en EE. UU. en aquella época), funcionaba como un «orden espontáneo» o «catalaxia» (de abajo hacia arriba), donde cada individuo o empresa buscaba su vida sin control estatal. ¿Cómo se representaba esto en pintura?
Con un arte completamente desordenado. En lugar de las líneas y formas geométricas perfectas del constructivismo, Jackson Pollock tiraba la pintura sobre el lienzo «de cualquier manera». Cada gota de pintura podría representar una empresa o un individuo comerciando libremente, sin una estructura previa. Nelson Rockefeller no dudó en llamar a esto la «pintura de la libre empresa». El crítico de arte Clement Greenberg, lo ensalzó como «el pintor más vigoroso de su generación», llegando a decir que sus obras eran la culminación de la tradición occidental. Sin duda, Greenberg era un provocador.
(Minuto 4:40 – 7:25 del vídeo)
La «Deconstrucción» del Arte y la Verdad Oculta
Analizando la obra temprana de Pollock (1939-1941), se aprecia una clara influencia del cubismo, algo que considero más un ejercicio que una obra digna de museo. A pesar de ello, muchas de estas obras se encuentran hoy en el Pompidou de París y la Tate Gallery de Londres. Pollock fue, poco a poco, deconstruyéndose. ¿Recordáis la «deconstrucción de la tortilla de patata»? Pues algo similar hizo Pollock con sus cuadros: el núcleo era el mismo (colores primarios, poco contenido), y hasta su técnica de «chorreo» fue bautizada como dripping para legitimarla, porque «para que algo sea, hay que ponerle nombre».
¿Cuáles eran las intenciones ocultas detrás de todo esto? Muchos políticos americanos de la época pensaban que los artistas modernos eran «un puñado de comunistas y perroflautas». El congresista republicano George Dondero llegó a decir que «todo el arte contemporáneo es un instrumento del comunismo». Sin embargo, la familia Rockefeller no pensaba igual. Nelson Rockefeller, ex alto cargo de la CIA y responsable de asuntos interamericanos, junto con su buen amigo, el pintor Brad Hopkins, se lanzaron a buscar al «artista estadounidense perfecto».
Según el libro La CIA y la guerra fría cultural, Hopkins buscaba un arquetipo «americano, no un europeo trasplantado», con «todas las virtudes viriles del hombre americano». Este artista debía «venir de nuestro suelo, no del de Picasso ni del de Matisse», y se le debía permitir «el gran vicio americano: ser un borracho». Jackson Pollock encajaba a la perfección: bebía como un pez, era un tipo tan duro que meaba en un orinal y se afeitaba con una motosierra.
El resultado final para el espectador son obras que a veces ni siquiera tienen título, repitiendo el mismo patrón, como cuando se habla por teléfono y se hacen garabatos sin pensar. ¿Es esto interesante? Los pintores del siglo XX reprochaban a los del XIX su «pintura literaria», que contaba historias, y buscaban «pintar por pintar». Pero esto tiene sus peligros. Como dijo Tom Wolfe en su libro La palabra pintada, el arte moderno se ha vuelto completamente literario, donde la pintura solo existe para ilustrar el texto. Los críticos de arte inventaban teorías, y los pintores debían seguirlas, perdiendo toda libertad. La obra, al final, podía ser lo de menos.
(Minuto 7:25 – 10:20 del vídeo)
La Autenticidad de Pollock y la Conexión CIA-MOMA
Si miramos los intereses políticos que llevaron a Pollock a ser uno de los grandes, todo cobra sentido. Se le promociona, se le mete en los libros de historia, y los estudiantes «tenemos que comérnoslo». Unos «chorreones» se convierten en un pilar fundamental del siglo XX. ¿Sería fácil hacer un Jackson Pollock? No hablo de falsificar, pero para replicar su estilo no se necesita un gran experto. Usaba pinceles endurecidos, varas, jeringas… nada especial. En 2003, se encontraron 24 pinturas y dibujos en un casillero de Quayscot, Nueva York, y aún hoy continúa el debate sobre su autenticidad. Algunos expertos sugieren análisis de consistencia geométrica de las salpicaduras, a nivel microscópico, comparándolas con otras obras suyas. Es todo un rollo.
¿Quién tiene la culpa de todo esto? La CIA, el MOMA, los Rockefeller, e intereses que nada tenían que ver con el arte. Hay que matizar: no es que la CIA pagara directamente al MOMA para exposiciones de Pollock. Era más sutil. Muchos miembros del consejo del MOMA estaban conectados o eran exmiembros de la agencia. En 1951, la Fundación Rockefeller donó 525.000 dólares (de la época) para promover el expresionismo abstracto en Europa. La CIA, en colaboración con la embajada francesa y otros gobiernos europeos, creó el «Congreso por la Libertad Cultural», organizando exposiciones que daban preferencia a los expresionistas abstractos.
La relación entre la CIA y el MOMA fue denunciada por primera vez en 1974 por Eva Cockcroft en su artículo Expresionismo Abstracto, arma de la Guerra Fría. La verdad es que no sé cómo Pollock llegó tan lejos, porque hasta la crítica ha sido, en ocasiones, lúcida. Por ejemplo, Robert Coates decía que las obras de Pollock eran «explosiones desorganizadas de energía aleatoria y, por lo tanto, carecían de significado». En 1959, la revista Time tituló un artículo con un contundente «Esto no es arte, es una broma de mal gusto».
Y tú, ¿qué piensas de todo esto? ¿Te gusta la obra de Jackson Pollock? ¿Crees que debería seguir expuesta en los museos?
Gracias a VisualPolitik por habernos aclarado todo esto. Ha sido un lujo contar con ellos en este vídeo.
(Minuto 10:20 – 12:44 del vídeo)
Si te ha gustado este análisis y quieres seguir explorando la relación entre el arte y el poder, te invito a ver otro vídeo que hicimos en el canal de VisualPolitik donde hablamos de cómo la Iglesia Católica utilizó el arte para sobrevivir.
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