Dalí: ¿Genio o Marioneta? Una Mirada Crítica al Fenómeno Salvador Dalí
Porque una cosa es estar loco, y otra muy distinta es hacerse el loco. Soy Antonio García Villarán, y en este artículo te propongo una inmersión profunda en la figura de Salvador Dalí, explorando su obra, su personaje y las complejas influencias que lo moldearon.
Para hablar de la obra de Salvador Dalí, primero hay que definirla. Y la mejor obra de Salvador Dalí no es otra que Salvador Dalí mismo. Él creó su propio personaje, su propio universo. Pero, ¿quién fue el verdadero artífice de este Dalí icónico?
Gala: La Arquitecta del Genio Surrealista
No fue Dalí quien hizo a Dalí, sino Gala, su mujer. Elena Ivánovna Diakonova, una misteriosa rusa que antes estuvo con el poeta Paul Éluard (con quien tuvo una hija, Cécile, a la que abandonó), fue la verdadera mente maestra detrás del personaje. Gala no solo acompañaba a Dalí y gestionaba sus cuentas; ella fue quien creó al personaje, dándole forma y modelándolo.
Este hecho era bien conocido por Dalí, quien al final de su vida ya no firmaba sus obras como «Dalí», sino como «Gala Dalí», reconociendo así la parte fundamental que ella jugó en su creación artística. Gala leía a Dalí lo que necesitaba saber, le transmitía ideas e incluso le indicaba qué pintar y cómo hacerlo. Si bien Dalí tenía sus propias ideas, muchos de sus conceptos fundamentales provienen de esta colaboración, un 50% Dalí, 50% Gala, convirtiendo al artista en una especie de marioneta, un actor que interpretaba un papel dictado por Gala. Para comprender la obra de Dalí, es imprescindible entender a Gala.
Su ambición y pensamiento se revelan en diarios como «El diario de Gala», una lectura exquisita que muestra la profundidad de su intelecto. Curiosamente, la carrera de Paul Éluard despegó cuando Gala lo dejó por Dalí, y Dalí, a su vez, empezó a ser reconocido y admirado con la influencia de Gala.
Dalí el Escritor y el «Payaso»
Gala misma llegó a decir que Dalí era mejor escritor que pintor, y estoy de acuerdo. Su faceta literaria se puede apreciar en obras como «Los cornudos del viejo arte moderno», un libro divertido, lleno de chispa y humor. Dalí era en muchos sentidos un humorista, siempre buscando la gracia, y se autodenominaba «el mayor payaso del mundo». Su capacidad para el ingenio era tal que podría haber escrito guiones para «El Club de la Comedia».
Pero, ¿cuándo pintaba Dalí? Se dedicó a un sinfín de actividades: hizo anuncios para televisión, diseñó logotipos como el de Chupa Chups, ofrecía entrevistas estrambóticas y realizaba numerosas performance que, en parte, eran puro action painting.
El Multimillonario que Perdió la Libertad
Dalí no quería terminar como Miguel de Cervantes o Cristóbal Colón, figuras importantes que, según él, acabaron en la miseria. Su objetivo, literalmente, era hacerse «ligeramente multimillonario», y lo logró. Fue un hombre inmensamente rico.
Sin embargo, ¿qué sucede cuando todo lo que haces lo haces por dinero? Pierdes tu libertad. Dalí no era libre; se veía obligado a hacer cosas como, por ejemplo, que no fuese él quien pintase sus cuadros. Tenía ayudantes, como Isidoro Bea y Manuel Puyol Balada, a quienes Gala, la contable y administradora de la casa, pagaba por cuadro.
El historiador Stan Lauryssens, autor de un libro sobre Dalí, afirmó que más del 50% de las obras atribuidas a Dalí eran falsas. Él mismo, un vendedor de obras falsas de Dalí, se consideraba un «engañador engañado» al descubrir que muchas obras que compró directamente en el estudio de Dalí eran en realidad apócrifas. Dalí llegó a firmar muchísimos papeles en blanco justo antes de morir para que su obra «siguiera circulando». Para mí, estas prácticas son reprobables.
Si consideramos que la obra de un autor es el autor mismo, un artista con una moral cuestionable inevitablemente reflejará eso en su trabajo. Dalí, personalmente, no me agrada. Su intento constante de ser gracioso me resulta forzado. En una grabación, cuando ocurre un accidente durante una de sus «locuras», la cámara capta cómo Dalí rompe el personaje inmediatamente para convertirse en un hombre de negocios, demostrando que su locura era, en gran parte, una farsa.
Ignacio Vidal Folch cuenta que, en una visita, Gala le ofreció champán rosado, pero Dalí no bebió. Al preguntarle, Dalí metió el dedo índice en la copa diciendo: «Yo no bebo, pero toco el champán simbólicamente». Una anécdota que, se supo después, repetía a todo el mundo. El gerente de un hotel, amigo de Dalí, reveló que, en la intimidad, Dalí era tranquilo y bebía agua de Vichy. Pero si aparecían turistas, dejaba lo que estuviera haciendo y «montaba el circo»: se tiraba al suelo, daba volteretas, un verdadero «mono de feria».
Dalí, Franco y el Rey: Política y Conveniencia
Dalí quería ser rey. Se autodenominaba «el genio», y le gustaba la monarquía, pero también la dictadura. Fue muy amigo de Franco, a quien le hizo encargos como el retrato de la nieta de Franco, Carmen Martínez-Bordiú, y le regaló otros cuadros. Franco, a cambio, le encargó obras como «El atleta cósmico» (1968) para las Olimpiadas de México. Un dato curioso es que, en la época de la dictadura, el personaje que más aparecía en los noticiarios del NO-DO después de Franco era Dalí.
En 1964, le concedieron la Gran Cruz de Isabel la Católica, y Dalí impulsó su propio museo antes de la muerte de Franco. Pintó un retrato del Rey de España y ponía su firma una corona, simbolizando su aspiración a ser el «rey del genio».
No es cierto que en la época de Franco todos tuvieran que ser franquistas. Muchos se exiliaron, y artistas como Picasso, mientras Dalí hacía encargos para el dictador, realizaban obras como «Sueño y mentira de Franco», una burla al dictador. O la anécdota del pintor Remigio Mendiburu, a quien «obligaron» a pintar a Franco, pero nunca llegó a hacerlo, dejando su lienzo en blanco. Las ideas definen la obra, y en Dalí, estas ideas a menudo se contradecían.
Una Obra «Flácida» y Discutible
Dalí es admirado por muchos porque dice una cosa y su contraria, se hace el gracioso y el serio. Sus gestos y locuras divierten, pero para mí, es un hipócrita. Un crítico del New York Times dijo una vez que si Dalí no diese títulos tan extravagantes a sus cuadros, no merecería la pena ocuparse de su pintura. Dalí mismo decía que la crítica es algo sublime, digna de genios, y esto me recuerda a artistas como Damien Hirst, que usa títulos impactantes para obras que, sin ellos, quizás no tendrían el mismo impacto.
Su pintura está muy basada en el mundo de los sueños, en lo onírico, pero no sé si mis sueños se parecen a sus cuadros. Y respecto al «método paranoico-crítico», un método «espontáneo de conocimiento irracional basado en la asociación y la interpretación crítica de fenómenos delirantes»… en mi opinión, es una forma elegante de decir «random«, de asociar cosas que no tienen relación.
La rivalidad con Picasso siempre fue una constante. Dalí le tenía envidia, pues quería ser el pintor español más grande, el número uno, pero en su fuero interno sabía que no lo era. (Esto daría para otro vídeo).
Si analizamos obras como «El palacio del viento» (1970-1973), pintado en el techo de su museo, Dalí maneja conceptos, pero siempre recurre a las mismas perspectivas forzadas y figuras blandas. Al final, se convirtió en esclavo de su propio estilo. Si te fijas, por ejemplo, en un pie de este cuadro, los dedos parecen globitos, el claroscuro es de principiante, y la luz y sombra se repiten sin un punto focal claro. Hay mucho efectismo, muchos «fuegos artificiales», pero la obra se me queda «aquí», sin mayor profundidad. El gran secreto de sus obras es la perspectiva cónica, algo que ya no es ninguna novedad.
Dalí también hizo collages, como su última obra, «Cola de golondrina y violines», que se parece mucho a lo que él mismo criticaba de Picasso, una «cosa tontorrona». Parece que, a medida que los artistas avanzan en su vida, se relajan, creyendo que con solo firmar la obra ya está hecha.
Pero Dalí no siempre pintó estos cuadros oníricos. Pasó por muchas etapas, incluso algunas que luego criticó. En «Muchacha vista desde la torre de Creus» (1923), se aprecia un fuerte influjo cubista, a pesar de que él criticaba a los cubistas, y a Picasso, diciendo que se habían «cargado la pintura». También hizo cuadros que parecían impresionistas, al estilo de Monet. Dalí admiraba a Vermeer y a Velázquez, y su estética personal, con el bigotito y el pelo largo, se inspiraba en Velázquez. Incluso pintó un Cristo, como Velázquez, pero con su toque personal. Su «Cristo de San Juan de la Cruz», aunque un poco cursi por no tener sangre ni estar clavado, me gusta por la perspectiva cenital, como si él, el «padre supremo», mirara a su hijo desde el cielo. Curiosamente, estas licencias, como poner a Gala como la Virgen María, no suelen molestar a los creyentes.
En sus inicios, también hizo obras con una factura y empastes que evocan a Van Gogh, como «Retrato de Lucía», un cuadro que nadie asociaría con Dalí si no se le dijera. Era un revisionista, y no tiene nada de malo. «La sardana de las brujas» (1918) tiene similitudes con «La danza» de Matisse, que a su vez se parece a «La gallina ciega» de Goya (1789), y esta, a su vez, a «La danza de las ratas» de Ferdinand van Kessel (1690), un excelente pintor barroco flamenco. (Te invito a investigar a Ferdinand y Jan van Kessel, padre e hijo, muy buenos pintores barrocos flamencos).
En el catálogo razonado de la Fundación Gala-Dalí, con más de mil obras (muchas de ellas, se dice, falsas), encontramos de todo. Algunas las considero muy buenas, y otras, como «Rosas ensangrentadas» (1930), me parecen una cursilada más propia de una tienda de figuritas. Las ideas de los relojes blandos, que ya había usado antes, calaron en la mente popular. Sin embargo, otras obras como «Pan antropomórfico» o «Significación manantial del ciprés», con títulos extravagantes, caen en la cursilería y no aportan mucho sin el título que las «explique».
La «Premonición de la Guerra Civil» (1936) sigue la misma tónica: formas duras que se vuelven blandas, flácidas. Su obra es flácida. Una de las cosas que más me decepcionó fue el cuadro «Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar», que está en el Thyssen. Siempre pensé que era gigantesco, ¡pero es pequeñísimo!
Dalí lo hizo todo, incluso intentó acercarse a la obra de Antonio López, como en estos radiadores de 1972, una pintura insípida (con respeto a algunas obras de Antonio López).
El Legado de Dalí: ¿Genio o Charlatán?
Dalí, ¿te arrepientes? No lo sé, te fue genial. Viviste como un rey y eres recordado como tal, con tus súbditos a tus pies, incluso después de muerto. Pero a mí no me la pegas. Pintar ese tipo de cosas no es tan complicado si lo que cuentas es lo que te pasa por la cabeza. Como no me gustaba mucho cómo pensabas, sigo diciendo que Dalí, personalmente, no me gusta.
Hay muchísimo más que hablar de Dalí. Si te ha gustado este análisis crítico y quieres que profundice en más aspectos de su obra o su relación con figuras como Picasso, házmelo saber en los comentarios.
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