El Jardín de las Delicias de El Bosco: Desentrañando el Panel Central del Pecado y el Castigo
Continuamos nuestro fascinante viaje por una de las obras más enigmáticas de la historia del arte: El Jardín de las Delicias de Jerónimo Bosch, conocido como El Bosco. Tras explorar las dos primeras tablas en un análisis previo, hoy nos sumergimos en el complejo y vibrante panel central, el corazón de esta obra maestra, para descifrar su profunda simbología y las intenciones moralistas de su creador.
El Panel Central: Unidad y Antropocentrismo
Una de las características más llamativas del panel central es su continuidad paisajística con las tablas laterales. La línea del horizonte se mantiene, sugiriendo un mismo mundo o, al menos, un recurso ingenioso del Bosco para dotar a la obra de una unidad compositiva. Sin embargo, si la primera tabla (el Paraíso Terrenal) presenta una composición cristocéntrica, donde Cristo es el centro de todo, el panel central es marcadamente antropocéntrico. Aquí, el hombre y la mujer desnudos son los protagonistas absolutos, viviendo en un Edén lleno de fantasía y desenfreno.
El panel se divide claramente en primer plano, plano medio y fondo. Destacan cinco formas peculiares en la parte inferior, que, si se unieran, podrían deletrear la palabra «M», sugiriendo «mundo», «mujer» y «muerte», aludiendo a la fugacidad y las consecuencias del placer. La forma central está rodeada por los cuatro ríos del paraíso terrenal, pero con un detalle crucial: la fuente que los alimenta está resquebrajada. Este sutil indicio ya nos advierte que «algo no va bien», señalando que somos los hombres y mujeres, pecadores, quienes hemos dañado este paraíso idílico.
En esta tabla, la repetición de elementos es constante: hombres y mujeres desnudos, algunos con piel de otro color, una diversidad asombrosa de aves, animales acuáticos y terrestres, y formas huecas de naturaleza vegetal, todo ello conformando una visión de fantasía desbordante.
Antes del Diluvio: Un Mundo de Desenfreno
Temáticamente, el panel central se basa en la idea, entonces considerada histórica y verídica, de la humanidad justo antes del Diluvio Universal. Es una era de libertinaje, un equivalente a «los locos años 20» pero con consecuencias divinas: una era de delitos, danzas indecorosas, divertimento, música y desenfreno. La gente hacía lo que quería, sin importarle nada, lo que se consideraba una catástrofe que provocó la ira divina.
Dios, como prueba de este libertinaje, estaba a punto de expulsar al ser humano del paraíso. Esta interpretación no es una invención moderna; la historia nos revela que el cuadro del Bosco, en el Monasterio de El Escorial, estaba originalmente en una sala junto a otras obras que representaban el Diluvio. Esto subraya el carácter moralista del Bosco: «no lo pases bien, que después viene la catástrofe; que después Dios te va a castigar».
Esta moralidad se enraíza en los textos bíblicos, que describían la primera era desde Adán hasta el Diluvio como dominada por la lujuria y el desenfreno. Se creía que los buenos descendientes de Adán, especialmente su tercer hijo, Set, habían sido seducidos por las «malas» hijas de Caín, dando origen a los gigantes, figuras que el Bosco representa en la tercera tabla como símbolo de las consecuencias del pecado.
La Condena de la Lujuria: Detalles Ocultos y Evidentes
El Bosco establece nexos alegóricos y compositivos entre el pecado del panel central y la consecuencia de la tabla derecha (el Infierno). Por ejemplo, en la esquina inferior derecha, Adán y Eva aparecen en una cueva, pero ahora Adán no admira a Eva, sino que la acusa de su imprudencia, mientras Eva, indiferente, sostiene la manzana.
La obra insinúa que toda la gente del panel central supuestamente nació de Adán y Eva, lo que implica relaciones incestuosas, «hermanos con hermanos», una «fantasía» del Bosco. Adán y Eva permanecen en una cueva, pero sus hijos ya pueblan la tierra, construyen edificaciones, lo que indica el desarrollo de la civilización. El paisaje, aunque paradisíaco, se aleja de lo primitivo y se acerca a la modernidad de la época del Bosco, lo que se conocía como el locus amoenus (un terreno bello y sombreado, asociado al Edén) y el hortus conclusus (jardines más mundanos, propicios para los escarceos amorosos, los juegos de sociedad, la comida y la música).
El Bosco, sin embargo, subraya la sensualidad hasta la ironía, burlandose y condenando la lujuria. Lo hace en obras como La Mesa de los Siete Pecados Capitales y Las Tentaciones de San Antonio. En esta última, una mujer desnuda asomándose por un tronco hueco con una cortina roja (símbolo del amor) mientras un demonio le presenta a San Antonio un pez atravesado por una flecha. El pez, con connotaciones fálicas o de sexo femenino, y la flecha, ambos refuerzan el simbolismo sexual. En el Jardín, los amantes se ocultan en troncos con forma de tienda, tocan, comen frutos y están apretados en recipientes, realizando «cosillas sensuales». Incluso encontramos personajes dentro de una concha, un símbolo venero desde la antigüedad, que según Gordon William (en su «Diccionario del lenguaje sensual e imágenes en la literatura de Shakespeare y Stuart») el Bosco representa como un mejillón, una especie de mejillón llamado venérea.
Las alegorías no se limitan al amor heterosexual. Hay escenas donde «se quiere todo el mundo», como un caballero introduciendo flores en el ano de otro. Algunos estudiosos interpretan esto como el «pecado contra natura» (homosexualidad). No obstante, cabe la reflexión de que el amor no tiene límites en su expresión, y la visión del Bosco debe entenderse en el contexto moralista de su época. La flor, como símbolo de lujuria, se repite, así como los frutos:
* La cereza: Fertilidad, matrimonio, amor, erotismo. Dos cerezas unidas por el rabillo, símbolo fálico.
* La mora: Amor y dolor del amor.
* El madroño: Símbolo de lo fugaz y la seducción al pecado, incluso se creyó que inspiró el título original de la obra.
Estos frutos, junto a aves canoras y peces, también pueden aludir al órgano sexual femenino, al placer o la fecundidad (el pez en el agua como símbolo de creación). Uno de los libros que inspiró al Bosco fue el Roman de la Rose (1235), que poseía la familia Nassau (encargadores de la obra), una alegoría sobre la lujuria y sus consecuencias.
El Mundo al Revés: Inversión de Motivos
En el plano medio del panel central, vemos una «cabalgada de los vicios»: personajes que cabalgan animales fantásticos alrededor de un lago con mujeres desnudas. Esta es otra parodia del Bosco, donde los «locos de Venus» están equiparados a sus animales salvajes, venerando equivocadamente a las mujeres hasta la locura. Animales como jabalíes, unicornios, caballos, osos, machos cabríos y camellos representan vicios como la lujuria, la gula, la avaricia, la ira y la soberbia. El Bosco añade sirenas, jinetes del mar y «salvajes africanos», elementos que recuerdan a los ritos de fecundidad y bailes de mayo de la época.
El artista establece un claro paralelismo con la primera tabla: la lechuza aparece casi en el mismo lugar, y Adán y Eva reaparecen, aunque con posturas invertidas. Esta inversión de motivos se acentúa en la tercera tabla, donde Adán se ha transformado en un demonio, y el unicornio, antes símbolo de pureza, se vuelve un animal salvaje. El Bosco repite elementos pero invierte sus motivos entre el paraíso y el infierno, creando un «mundo al revés».
El Infierno: El Castigo del Pecado
La última tabla, la derecha, representa el Infierno, un lugar de caos puro, sin simetría, oscuro y desordenado. Como Umberto Eco señala en su Historia de la Belleza, la belleza (Dios, el bien) necesita de la fealdad (el diablo, el mal) para ser mejor representada. Este Infierno no son tinieblas difusas, sino un paisaje claro y definido: tierra reseca en primer plano, un río oscuro que inunda la orilla y rodea un puente en el centro, y una ciudad incendiada al fondo. El color negro domina, simbolizando el mal, la oscuridad y la incertidumbre.
Curiosamente, en el Infierno, los personajes ya están vestidos, y se observan objetos y arquitecturas de la época del Bosco, lo que sugiere su pesimismo sobre la humanidad y la inminente llegada del fin del mundo.
Crítica Social y Simbolismo del Castigo
El elemento más llamativo del Infierno es el gigante en el centro, un hombre-árbol en una pose que simula hacer sus necesidades. Dentro de su cuerpo se ha creado una taberna, un lugar donde se congregan todos los vicios: lujuria, gula, etc. La gaita, en su día, no era cómica, sino el símbolo de lo más impuro de la música profana, el equivalente a «lo chungo». Aquí, Dios castiga a todos, incluso a los sapos, que sirven de sillas.
Esta «mala posada» era un elemento común en la literatura coetánea para denunciar burdeles y posadas dudosas donde la música profana, los juegos de azar y el alcoholismo conducían a la lujuria, el pecado, la ira, la vanidad y la avaricia. El Bosco utiliza esta idea para educar a jóvenes nobles como Enrique III de Nassau-Breda (poseedor de la obra) e Ippolito de Habsburgo, advirtiéndoles sobre comportamientos impropios de la corte.
El juego está por todas partes: una mujer desnuda con un dado en la cabeza, identificada como prostituta por la vela que lleva, y un conejo que, de víctima, se convierte en cazador, simbolizando cómo la fertilidad se apodera de su portador. Un demonio usa un tablero de juego como arma, un símbolo de la «mala posada» que también aparece en otras obras del Bosco como La Adoración de los Reyes Magos o Las Tentaciones de San Antonio.
El Bosco también representaba la creencia de que un pecado llevaba a otro, y los pecados, especialmente la lujuria, destruían la pureza del cuerpo, considerado la «posada del alma». En el hombre-árbol, el cuerpo se convierte literalmente en morada de los pecados. El castigo se dirige a las partes del cuerpo que cometieron el pecado, una práctica judicial medieval conocida como corpus delicti. Así, vemos manos cortadas junto a naipes o gigantescas orejas atravesadas por una flecha, advirtiendo contra la música profana, un eco de los textos bíblicos que exhortaban a arrancarse el ojo que escandaliza.
Los demonios, e incluso una monja cerdo franciscana (una crítica a la corrupción de las órdenes mendicantes), usan instrumentos musicales profanos como laúdes, arpas, organillos y tambores como aparatos de tortura. El agua, un elemento fundamental en las tres tablas, adquiere su máxima importancia en la tercera, como símbolo del castigo divino, recordando el Diluvio Universal.
El Legado Imperecedero de El Bosco
El Bosco, sin duda, nos ha dejado un legado maravilloso. Sus motivos principales probablemente estaban estructurados desde el principio, pero muchos detalles fueron incorporados sobre la marcha, haciendo de esta una obra viva y en constante diálogo con el espectador. Su imaginación desbordante y su ironía amarga han inspirado a innumerables artistas plásticos, cineastas, músicos, literatos y, por supuesto, a creadores de contenido digital.
La complejidad y riqueza del Jardín de las Delicias invitan a una exploración sin fin. ¿Qué te parece a ti esta magnífica obra de El Bosco? ¿Qué interpretas? ¿Qué otras cosas sabes de ella? ¡Déjanos tu opinión y tus comentarios!
No olvides reventar el botón de «me gusta» si te ha gustado este análisis y visitar mi canal de YouTube para más contenido sobre arte: Antonio García Villarán en YouTube. ¡Nos vemos muy pronto!








