Mikhail Vrubel: El Pintor Maldito de Rusia y la Obsesión con el Demonio
Desde el gélido corazón de Siberia emergió uno de los talentos más enigmáticos y atormentados del arte ruso: Mikhail Vrubel. Conocido por su profunda conexión con lo místico y su obsesiva representación del demonio, Vrubel es para muchos el pintor maldito de Rusia. Su vida, tan dramática como sus obras, es una historia de genialidad, pasión, desorden y una trágica batalla contra la locura y la ceguera.
El Descubrimiento de un Genio
Mi fascinación por Vrubel comenzó siendo estudiante de Bellas Artes, durante una exposición de pintores rusos en Madrid. Entre todos, uno me cautivó de inmediato: Vrubel. Posteriormente, otras exposiciones reafirmaron esta atracción, y cada vez, al leer las cartelas, me encontraba con títulos como «El ángel caído» o «El demonio». Impulsado por la curiosidad, investigué a fondo y descubrí no solo a uno de mis pintores rusos favoritos, sino una vida tan intensa como su arte.
Nacido en Omsk, Siberia, en 1856, Mikhail Vrubel es considerado un pintor simbolista. Vivió gran parte de su vida en San Petersburgo, pero su búsqueda artística lo llevó a viajar por toda Europa, llegando incluso a París, la capital del arte de finales del siglo XIX. Su vida, marcada por la tragedia desde temprana edad –la muerte de su madre a los tres años y la de dos de sus hermanos–, se asemeja a la de los arquetípicos artistas bohemios y románticos de su época.
A pesar de no provenir de una familia adinerada y de ser un niño enfermizo que no aprendió a andar hasta los tres años, Vrubel mostró un temprano interés por el arte. A los diez años, ya se sentía atraído por la ópera, el dibujo y el teatro. Aunque su padre deseaba que fuera abogado, Vrubel no terminó esa carrera; la indomable llamada del arte lo llevó a la Academia de Bellas Artes. Su sed de conocimiento era insaciable, y complementaba sus estudios con clases nocturnas de dibujo y pintura, trabajando incluso con maestros de la talla de Ilya Repin y Pavel Chistiakov.
La Vida Bohemía y la Excentricidad
Vrubel no solo era un artista excepcional, sino también un hombre de personalidad desbordante. Su vida bohemia lo llevó a ser desordenado y a menudo a excederse con la bebida. Un amigo suyo relataba una anécdota que ilustra perfectamente su carácter caprichoso y su espíritu «buscavidas»: un día, Vrubel llegó al estudio eufórico tras vender un dibujo. En lugar de guardar el dinero, salió a comprar unos guantes de cabritilla blanca, se los puso, los contempló, y exclamó: «¡Qué vulgaridad!», para luego tirarlos en un rincón y seguir con su vida.
Su versatilidad artística era asombrosa: pintaba iconos, ilustraba libros, creaba murales, mosaicos, vidrieras, escenografías, cuadros al óleo y acuarelas. Incluso impartió clases de dibujo, al igual que yo en mi academia Crea 13, donde ofrezco cursos para aprender a dibujar desde cero y mi nuevo curso «Cómo vender tu arte en internet» para aquellos que ya tienen obra y desean comercializarla.
Influencias y el Nacimiento del Demonio
Observando las pinceladas, composiciones y colores de Vrubel, es imposible no notar la influencia de los iconos bizantinos y los mosaicos. Esta conexión se forjó en 1885, cuando realizó un viaje a Italia para estudiar a fondo la pintura bizantina, la pintura tardorromana, las vidrieras y los mosaicos. Estos elementos se integraron de manera única en su estilo.
Sin embargo, lo que más distingue la obra de Vrubel son sus demonios. ¿Cómo comenzó esta obsesión? Fue elegido, siendo el menos conocido entre varios artistas, para ilustrar una edición de la obra del importantísimo escritor ruso Mikhail Lermontov, específicamente su cuento «El demonio». Vrubel creó unos dibujos en blanco y negro que, aunque espectaculares desde mi punto de vista, no fueron del agrado de la prensa de la época. Sus ilustraciones fueron tildadas de groseras, feas, caricaturescas y absurdas. Pero Vrubel no se amilanó; al contrario, continuó pintando al demonio.
Una de sus obras más reconocidas es El demonio sentado en el jardín, una pintura impactante donde el demonio aparece como una criatura hermosa y trágica, con la mirada perdida y una lágrima en un ojo, rodeado de flores de cristal. Contemplando el infinito en el crepúsculo, este ángel caído, que se opuso al todopoderoso, sufre la maldición de destruir todo lo que toca. La historia de Lermontov narra cómo el demonio, albergando tanto amor, se enamoró de una mujer, Tamara, y acabó matándola con un beso.
Amor, Trabajo y Tragedia
La intensidad de Vrubel se extendía también a su vida amorosa. A los cuarenta años, se enamoró perdidamente de la soprano Nadezhda Zabela al verla actuar en una ópera. Tras la función, le pidió matrimonio y, según sus propias palabras, se habría quitado la vida si ella hubiera rechazado. Zabela, doce años menor que él, consciente de la personalidad de Vrubel, quien, como ella misma dijo, «bebe, es desordenado con el dinero, lo desperdicia, pero lo gana raramente y accidentalmente», aun así se casó con él. Ella se convirtió en su musa, inspirando obras espectaculares como la Princesa Cisne.
A pesar de su vida bohemia, Vrubel era un trabajador obsesivo. Su esposa afirmaba que trabajaba catorce horas al día y que su único «paseo» era abrir la ventana del estudio durante quince minutos para respirar aire fresco. Este ritmo incansable dio sus frutos, y la pareja tuvo un hijo. A pesar de que el niño nació con labio leporino, Vrubel lo consideraba bellísimo e incluso lo pintó. Sin embargo, con la llegada del hijo, Nadezhda dejó de cantar, lo que hizo recaer todo el peso económico en Vrubel. Esta presión, unida a la predisposición, lo llevó a sufrir brotes psicóticos: se volvió retraído, irascible, y su obsesión por pintar demonios se acentuó.
Pocos años después, la tragedia golpeó de nuevo con la muerte de su hijo. Su salud mental se deterioró drásticamente, siendo ingresado en varios psiquiátricos. Durante uno de sus brotes, su esposa y su hijo intentaron abandonarlo, pero Vrubel los siguió, incapaz de vivir sin ellos. Tras el fallecimiento de su hijo, sufrió momentos de profunda depresión, autodesprecio, alucinaciones y escuchó voces. Le diagnosticaron sífilis, una enfermedad que, sumada a sus problemas mentales, lo llevó a perder la vista. Murió prematuramente a los 54 años.
El Reconocimiento Tardío y el Legado
Durante una de sus estancias en el psiquiátrico, en 1904, Vrubel pintó la que considero una obra brutal: El Serafín con seis alas. En ella, un ángel de frente, con una espada en una mano y un incensario en la otra, y una serpiente enroscada en la mano derecha, revela un rostro coronado, con un cuello largo que parece un pedestal. La técnica, similar a un mosaico o vidriera, donde la ausencia de detalles parece contenerlo todo, es impactante. Esta obra es, en realidad, una ilustración de la poesía de Alexander Pushkin, otro poeta ruso que recomiendo descubrir.
La ironía del destino quiso que la crítica, que inicialmente había calificado sus obras de groseras, lo reconociera como uno de los mejores artistas rusos justo cuando él ya estaba al borde de la muerte. En 1910, le concedieron el título de académico, un honor que Vrubel nunca llegó a conocer. En ese momento, ciego y completamente enajenado, ya no encontraba sentido a la vida sin poder pintar. Realizaba actos extraños, como levantarse por la noche y permanecer de pie junto a la ventana abierta, buscando quizás un resfriado, una pulmonía, o simplemente un final. Fue apodado «El mensajero de otros mundos».
Aunque sus obras de los demonios son las más fascinantes, su producción artística es vasta: desde pinturas como La Perla, que roza la abstracción, hasta sus esculturas e ilustraciones. Vrubel comenzó pintando al demonio como un hombre melancólico, destructor pero lleno de amor, y lo terminó como el ángel caído en pinturas espectaculares. En esencia, la obra de Vrubel cuenta su propia historia, una narrativa visual inigualable por su calidad pictórica, temática y plástica.
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¡Nos vemos muy pronto!








