En el mundo del arte contemporáneo, la línea entre la innovación y la provocación a menudo se difumina. Recientemente, una polémica ha resurgido con fuerza, cuestionando el uso de animales vivos y muertos en las expresiones artísticas. Soy Antonio García Villarán, y en este artículo exploraremos cómo esta práctica, que si bien tiene raíces antiguas, hoy nos obliga a reflexionar sobre la ética, el respeto animal y la verdadera esencia del arte.
Del Pincel al Terrario: Una Mirada a la Utilización Animal en el Arte
Desde tiempos inmemoriales, los animales han sido fuente de inspiración en el arte, representados en pinturas rupestres, esculturas clásicas y hasta en los materiales de trabajo, como los pinceles de pelo natural –aunque hoy cada vez más se opta por alternativas sintéticas para reducir el impacto ambiental.
Sin embargo, la polémica se intensifica cuando los animales son utilizados directamente como parte de la obra, especialmente si ello implica su sufrimiento. Actualmente, la exposición en el Guggenheim de Bilbao ha reavivado este debate.
Precedentes de Crueldad: El Caso Guillermo Vargas
No es la primera vez que el arte y la ética chocan brutalmente. ¿Recuerdas la indignación que generó en 2007 el artista Guillermo Vargas? Su «obra» consistió en amarrar a un perro de la calle en una galería y, presuntamente, dejarlo morir de hambre. Este acto, que para muchos no era más que crueldad y mal gusto, provocó un revuelo internacional y un debate sobre los límites del arte. A pesar de la condena generalizada, la obra fue invitada a una bienal, lo que subraya la complejidad y la controversia de estas prácticas.
La Polémica Actual en el Guggenheim: Wang Yongping y sus Terrarios
Volviendo a la exposición actual, el artista Wang Yongping (王永平) presenta dos terrarios con forma de tortuga y serpiente. Estos, llenos de insectos y reptiles, muestran un cruel «teatro del mundo» donde los reptiles se alimentan de los insectos. Aunque el artista apela a la simbología china (la tortuga representa sabiduría, longevidad y buena suerte; la serpiente, similar al dragón, también sabiduría), esta justificación parece ser una mera excusa para una práctica que ha provocado la recolección de miles de firmas para su retirada.
Doble Moral y Obras Retiradas: Un Análisis Crítico
La indignación ante el arte con animales vivos nos lleva a una pregunta incómoda: ¿Existe una doble moral? ¿Por qué no exigimos la retirada de las tiendas de animales que venden reptiles alimentados con insectos vivos, o no condenamos con la misma vehemencia a circos y zoológicos? Un caso emblemático fue el de Nueva York, donde más de 825.000 firmas lograron la retirada de obras de Wang Yongping (algunas de las cuales no han llegado al Guggenheim de Bilbao), como la de perros enfrentados en una cinta sin fin hasta el agotamiento. Estas fueron calificadas, con razón, de maltrato animal.
Sin embargo, otra obra del mismo artista que sí se expone en el Guggenheim es un vídeo de una performance de 1994. En ella, dos cerdos, uno con caracteres chinos y otro con letras occidentales, copulan. La «profunda» interpretación es que «Oriente cópula con Occidente». Desde mi punto de vista, es una obra simplista y absurdamente pretenciosa, indigna de un museo de tal calibre, más allá de la cuestión animal.
Otros Artistas y la Explotación Animal
La utilización de cerdos en el arte no es una novedad. El artista belga Wim Delvoye, por ejemplo, es conocido por tatuar cerdos vivos. Tras enfrentar restricciones legales en Estados Unidos, trasladó su «granja de arte» a China, donde las leyes son más permisivas. Allí, tatúa imágenes (como personajes de Disney) en la piel de cerdos anestesiados. Tras su muerte, la piel es curtida y vendida como obra de arte por sumas considerables, llegando a decenas de miles de dólares. La ironía de que Delvoye se declare vegetariano añade una capa de hipocresía a esta práctica.
En una línea similar, el fotógrafo Peter Gertsner realizó una «acción» de mal gusto: recolectó cabezas de cerdo muertas y pidió a tatuadores que las decoraran, para luego fotografiarlas con un fondo rosa. Más allá de la estética del tatuaje, el acto en sí mismo, de manipular restos de animales de esa forma, parece más una búsqueda de provocación barata que una genuina expresión artística.
De Joseph Beuys a la Plastinación: Animales Disecados y en Formol
El uso de animales en el arte tiene precursores notables. Joseph Beuys, figura clave del siglo XX, realizó acciones controvertidas con animales, como la famosa performance en la que le «susurraba» a una liebre muerta con su cabeza cubierta de pan de oro, o cuando se encerró con un zorro en una galería.
Sin embargo, si hablamos de mal gusto, Maurizio Cattelan se lleva la palma. Su obra a menudo incluye animales disecados, como caballos colgados del techo o empotrados en la pared, subvirtiendo la idea del trofeo de caza. Aunque la taxidermia es una técnica antigua, Cattelan, junto con otros, la eleva al estatus de «gran arte» al exponerla en galerías y ferias internacionales como la Bienal de Venecia. Pero ¿es realmente arte o simplemente una exhibición macabra?
La plastinación, una técnica inventada por un médico-artista para el estudio anatómico, también se ha popularizado en exposiciones, mostrando cuerpos (a menudo humanos, donados voluntariamente) en diversas poses. Aunque su propósito original es educativo, su exposición en contextos artísticos despierta igualmente interrogantes.
Y no podemos olvidar a Damien Hirst, otro «rey» de esta vertiente, famoso por su tiburón y otros animales conservados en formol. Sus obras, que alcanzan precios exorbitantes, son un ejemplo claro de cómo la controversia y el impacto visual pueden elevar el valor económico de piezas que muchos consideran meras exhibiciones de taxidermia. Finalmente, Kate Clark lleva la taxidermia un paso más allá, creando esculturas con pieles de animales y cabezas de personas. Una estrategia de marketing para impactar, quizás, más que una obra con un mensaje profundo.
Animales «Artistas»: ¿Ingenio o Absurdo?
El colmo de la explotación animal en el arte llega cuando se pretende que los propios animales sean los creadores. ¿Hemos oído hablar del cerdo que pinta, el elefante artista o el mono que maneja pinceles? Es una soberana estupidez. Imaginar a un animal despertándose con una idea revolucionaria para una pintura es ridículo. Detrás de estas «obras» hay un adiestramiento, a menudo forzado y antinatural, para que el animal realice movimientos con un pincel. Estas acciones no demuestran inteligencia animal artística, sino la manipulación humana para generar una noticia o una atracción curiosa, desvirtuando por completo el concepto de arte.
Especismo y la Paradoja de Nuestro Comportamiento
La raíz de muchas de estas controversias reside en el especismo, la discriminación basada en la especie, como bien señala Frank Cuesta. Vivimos en una sociedad donde es casi imposible ser completamente respetuoso con los animales. Desde el uso de un coche que contamina su entorno, hasta la construcción de nuestras casas que invaden su hábitat, o incluso la energía eólica que, siendo «verde», mata incontables aves.
¿Y qué hay de los pequeños actos? ¿Matamos un mosquito que nos molesta o lo dejamos picar? ¿Somos conscientes de que muchos pigmentos artísticos, como el hermoso rojo carmín, provienen de insectos como la cochinilla, triturados y quemados? Parece que, de una u otra forma, todos participamos en alguna medida en la explotación animal. Condenar el maltrato animal gratuito es fundamental, pero debemos ser conscientes de nuestras propias contradicciones antes de juzgar e insultar a otros, ya que escapar completamente a esta dinámica es extraordinariamente difícil.
¿Cómo Generar un Cambio Genuino en el Arte?
Personalmente, no utilizo ni usaría animales en mis obras, y considero de muy mal gusto incluso la taxidermia en contextos artísticos. Entonces, ¿cómo podemos actuar contra estas prácticas? La respuesta, tristemente pragmática, está en el dinero. Si una exposición como la del Guggenheim fracasa en asistencia y reconocimiento social, y por ende, económicamente, los museos y las galerías dejarán de programar obras similares.
Si Maurizio Cattelan o Damien Hirst dejaran de vender sus controvertidas piezas, dejarían de crearlas. El arte, en esas esferas, se mueve por el dinero. Si la sociedad consigue que el «en parte» (como lo llaman despectivamente algunos en el mundillo) carezca de valor económico, esas obras desaparecerán.
Mascotas: ¿Amor o Control Encubierto?
La reflexión nos lleva incluso a cuestionar nuestra relación con las mascotas. Cuando surgieron las protestas en Instagram contra el Guggenheim, muchos de los que criticaban ferozmente al museo, probablemente tenían mascotas. Pero, ¿tener una mascota es siempre una muestra de amor incondicional o una forma más sutil de control y, por ende, de maltrato?
Piénsalo: nosotros decidimos cuándo sale a la calle, cuándo come, qué ropa le ponemos, dónde va atado a una correa. Decidimos castrar a nuestros gatos (como en mi propio caso, con mis futuros dos gatos), una decisión que se argumenta como beneficiosa para ellos, pero que implica una intervención en su naturaleza. ¿Acaso no es esto, en cierta medida, una forma de ejercer poder y control sobre otro ser vivo?
Esta dicotomía nos afecta a todos. Intentamos ser buenas personas, cuidar a nuestros animales y darles una buena vida, pero es innegable que existe una parte de nuestro comportamiento que podríamos cuestionar bajo una lupa más estricta.
La Teoría de la Bola de Nieve y la Empatía
En este complejo panorama, creo firmemente en la «Teoría de la Bola de Nieve». El bien que cada uno de nosotros puede hacer, por pequeño que parezca, tiene un efecto multiplicador. Si este artículo o mi trabajo te aporta valor, te hace reflexionar o te descubre algo nuevo, y tú compartes esa experiencia o conocimiento con otra persona, ese bien se expande. Así, juntos, podemos construir una sociedad más consciente y empática. Es esencial relativizar, mirar nuestras propias acciones antes de juzgar y, sobre todo, evitar los insultos que solo polarizan el debate.
La reflexión sobre el uso de animales en el arte nos obliga a confrontar nuestras propias éticas y a reconocer que las líneas entre lo aceptable y lo inaceptable son, a menudo, más difusas de lo que quisiéramos. Nuestro compromiso como sociedad es seguir debatiendo, educando y, sobre todo, actuando desde la conciencia.
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