Guayasamín: 7 Claves para Entender la Fama del Pintor Ecuatoriano
¡Hola, gente del arte! Soy Antonio García Villarán, y hoy no te voy a contar la típica biografía de Oswaldo Guayasamín. Seguramente ya conoces que su padre era de origen quechua, que vino de una familia humilde y que su madre era mestiza. Ya hay innumerables documentales y videos que exploran su vida y obra, desde sus inicios como carpintero o taxista, hasta convertirse en el primero de diez hijos de una familia numerosa.
Mi objetivo en este artículo es ir más allá. Quiero desgranar contigo las siete claves fundamentales que explican cómo Guayasamín trascendió hasta convertirse en el pintor que hoy conocemos, con una fama que resuena en todo el mundo.
Para ser honesto, Guayasamín nunca ha sido un pintor que me haya apasionado profundamente. No digo que sea un mal artista; por supuesto que no. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Quito, y algunas de sus obras me resultan realmente interesantes. Sin embargo, a lo largo de este análisis, verás que, desde mi perspectiva, su producción se divide claramente en dos tipos de obras muy distintas.
¿Por qué Guayasamín es tan Famoso? Las 7 Claves Reveladas
Guayasamín, a primera vista, a menudo se presenta como un «ser de luz», pero como todo artista complejo, también tuvo sus sombras. Explorar estas facetas es crucial para entender su legado. Aquí te presento las siete claves de su éxito y reconocimiento.
1. Su Habilidad para Conectar con Personas Influyentes
Desde el inicio de su carrera, Guayasamín demostró una astucia particular para acercarse a figuras clave que podían impulsar su trayectoria. Un ejemplo temprano lo encontramos en un retrato de Mortimer Brandt, un galerista neoyorquino de renombre. ¿Cómo llegó este neoyorquino a la vida de un joven artista en Quito?
La respuesta nos lleva a 1943, cuando Nelson Rockefeller, uno de los hombres más ricos del mundo, visitó Quito. Conoció a Guayasamín, quedó impresionado, y no solo le compró seis cuadros a un precio excelente, sino que lo invitó a exponer en Estados Unidos. Guayasamín aprovechó esta oportunidad al máximo, pasando siete meses en EE. UU., donde se empapó de los grandes maestros como Goya, Velázquez, El Greco, Picasso y Orozco. Su obra, como esa famosa cabeza inspirada en El Greco, lo atestigua.
Su regreso a Quito marcó un antes y un después. Las biografías relatan que su vida cambió radicalmente, y él, desde mi punto de vista, comprendió la fórmula para alcanzar la fama. A partir de entonces, ascendió rápidamente en la escala social, obtuvo reconocimiento internacional, premios y honores, y, por supuesto, una revalorización económica de sus obras. Se consolidó como un gran dibujante, pintor, escultor, grafista y muralista ecuatoriano.
Su capacidad para establecer amistades en altas esferas fue una constante, aunque a veces generó controversia. Sus retratos del Rey de España o de Fidel Castro simultáneamente le valieron críticas de quienes lo veían como «el pintor del pueblo» y no entendían su cercanía con figuras de poder. Esta dualidad es una muestra temprana de cómo la política se entrelazaba con su arte y su estrategia.
Aquí puedes ver el inicio del análisis de su estrategia con personas influyentes:
2. Los Retratos de Famosos y Políticos: Una Estrategia de Marketing Genial
La segunda clave es la maestría con la que Guayasamín utilizó el retrato como herramienta de promoción. Pintó a figuras emblemáticas de la cultura y la política mundial. Desde músicos de la talla de Paco de Lucía (existe un video donde se le ve pintándolo) hasta cantantes como Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui, pasando por escritores y poetas como Pablo Neruda y Gabriel García Márquez.
En el ámbito político, no dudó en retratar a líderes tan dispares como Fidel Castro (en al menos cuatro ocasiones), el Rey de España o François Mitterrand, incluso intercalando estos con retratos de sus propias hijas.
Pero el genio de Guayasamín residía en su estrategia: la mayoría de estos retratos eran regalos. En la esquina inferior derecha de sus cuadros, a menudo encontramos una dedicatoria: «A mi gran amigo…» Esta práctica creaba un vínculo inquebrantable entre el artista y la persona retratada. Imagina a Paco de Lucía exhibiendo su retrato en el salón de su casa. Sus amigos, también figuras influyentes, preguntarían: «¿Quién te hizo esta maravilla?» Y así, el nombre de Guayasamín se difundía de boca en boca, generando una demanda inestimable. Un retrato de esa calidad, regalado, era el mejor anuncio posible, una muestra de su control absoluto sobre la publicidad y la creación de una marca personal excepcional.
Sin embargo, en este punto, debo compartir mi particular visión. Aunque algunos de sus retratos son impactantes, en otros percibo lo que considero una «licencia» o incluso un «error» que no me agrada: la homogeneidad en la representación de los ojos. Muchas veces no encuentro expresión, y la distancia entre ellos, a menudo exagerada, junto a su gran tamaño, puede hacer que los rostros parezcan «extraterrestres». Tengo la impresión de que Guayasamín utilizaba tres o cuatro tipos de ojos que repetía constantemente, como se puede observar al comparar los ojos de Paco de Lucía con los de Fidel Castro, que son prácticamente idénticos.
Por otro lado, sus autorretratos son, para mí, de una calidad superior. Los considero verdaderas inmersiones psicológicas en su propia persona, y esa faceta sí me resulta profundamente interesante.
Puedes profundizar en la estrategia de los retratos y mis críticas aquí:
3. El Dolor Vende (y el Victimismo También)
Guayasamín es ampliamente conocido como «el pintor del dolor» o «el pintor del pueblo indígena». Y si bien esto es innegable en su obra, debemos reconocer una verdad incómoda: el dolor vende. El victimismo genera una conexión emocional profunda, nos hace sentir cercanos a los oprimidos y, en cierto modo, nos impulsa a querer ayudar.
Es una estrategia que la propia Iglesia ha utilizado a lo largo de los siglos con sus mártires y santos, figuras que encarnan el sufrimiento y la resiliencia. Al pintar estas «víctimas» de América Latina, Guayasamín logró que muchos lo vieran a él también como un mártir, como alguien que compartía ese sufrimiento. Pero las biografías y testimonios sugieren una realidad distinta: Guayasamín disfrutó de una vida plena, con éxito económico, rodeado de amigos y con el aplauso del público.
Esto nos lleva a una pregunta incómoda: ¿Se aprovechó Guayasamín del dolor de América Latina para construir su fortuna? No seré yo quien lo afirme rotundamente, pero la cuestión merece una reflexión profunda.
Un aspecto crucial que arroja una luz diferente sobre la figura de Guayasamín son las declaraciones de Lucrecia Daltón, su segunda esposa y madre de tres de sus hijas, recogidas en el libro «Una luz sin sombras». Daltón describe una realidad completamente diferente a la imagen pública del artista, alegando maltrato físico y psicológico.
Ella relata episodios estremecedores, como aquel en que Guayasamín, bajo los efectos del alcohol, intentó ahorcarla con una gruesa cadena de oro. También narra cómo un familiar de Guayasamín, de 16 años, intentó violar a su propia hija, y la pasividad del pintor ante tal acusación, llegando a decir: «¿Qué quieres, hombre?».
Estas revelaciones nos obligan a considerar si la rabia, la violencia y el llanto tan patentes en su obra podrían tener una raíz personal, más allá de la injusticia social que siempre proclamó. Él mismo decía: «He dedicado mi pintura a demostrar que el centro de este siglo lo constituye la violencia del hombre contra el hombre». Yo añadiría: ¿…y del hombre contra la mujer?
Es importante señalar que, hasta el momento, la familia de Guayasamín no ha llevado estas acusaciones a los tribunales, lo que Lucrecia Daltón interpreta como una confirmación implícita de sus palabras. Te invito a investigar y sacar tus propias conclusiones al respecto. Este es un punto de debate esencial para entender la complejidad del artista.
Explora la dualidad entre su imagen pública y estas revelaciones aquí:
4. La Impersonalidad de sus Personajes: Un Lienzo para la Identificación Universal
La cuarta clave del éxito de Guayasamín es la impersonalidad de sus personajes. No se trata de retratos específicos de individuos sufriendo, sino de rostros genéricos, casi «muñequitos» con los que cualquiera puede identificarse. Si sus personajes tuvieran la cara de una figura pública reconocible, como Miguel Bosé, el espectador vería a Miguel Bosé, no a una persona del pueblo sufriendo. Al ser anónimos, sus figuras se convierten en arquetipos universales del dolor humano.
Además, estas caras no son particularmente complejas de dibujar. Cualquiera con una formación mínima podría recrearlas. Con unas líneas quebradas, una nariz con dos puntos y algunos trazos básicos, se obtiene un «Guayasamín». Incluso sus famosas manos, aunque fuertes y expresivas, tienden a ser repetitivas.
Esta simplicidad, que en ocasiones me deja la sensación de una falta de expresión más profunda, me lleva a reiterar mi idea de que Guayasamín tenía dos tipos de obras: aquellas con una expresividad potente y genuina, y otras que considero más comerciales o «seriadas». Ante la gran demanda de su obra, es posible que recurriera a una fórmula replicable, generando piezas temáticamente y formalmente similares, casi copiadas unas de otras, para satisfacer el mercado.
Descubre más sobre la impersonalidad y repetición en su obra aquí:
5. Sobresalir entre sus Iguales: El «Efecto Sombra»
Guayasamín no fue el único artista indigenista o socialmente comprometido de su tiempo en Ecuador, pero supo cómo eclipsar a sus contemporáneos. Muchos críticos e historiadores sugieren que su obra tiene similitudes notables con la de Eduardo Kingman, otro pintor ecuatoriano conocido como «el pintor de las manos». La pregunta de quién fue primero o quién influyó a quién, o si hubo una inspiración mutua, sigue abierta. Lo cierto es que Guayasamín alcanzó una fama que a Kingman le fue esquiva.
Otro caso es el de Camilo Egas, a quien muchas biografías atribuyen ser el verdadero pionero del indigenismo en la pintura ecuatoriana. No hay nada de malo en inspirarse o incluso copiar, pero estos artistas sufrieron lo que denomino el «efecto sombra», un fenómeno que también se dio con Frida Kahlo y otros artistas, donde la obra de muchos queda velada por el brillo y la fama de una figura prominente.
Y ¿qué hay de las mujeres artistas? La historia del arte, a menudo escrita por hombres, tiende a invisibilizarlas. Pero en Ecuador, claro que hubo grandes pintoras:
- Alba Calderón: Artista y activista nacida en Esmeraldas, fundadora del movimiento para el reconocimiento de las mujeres en Ecuador y organizadora de la Unión de Mujeres del Guayas, luchando por la igualdad de derechos de las trabajadoras.
- Pilar Bustos: Nacida en Quito, una destacada pintora, dibujante y muralista.
- Isabel de Santiago: Del siglo XVII, también quiteña, gran pintora y dibujante de la Escuela Quiteña.
- Brígida Salas Estrada: Del siglo XIX, otra notable pintora ecuatoriana.
Si rascamos un poco, encontraremos muchas más artistas que, lamentablemente, han quedado a la sombra de figuras como Guayasamín. La culpa no es suya, sino de las instituciones, y de todos nosotros, por no darles el reconocimiento que merecen.
Profundiza en el «efecto sombra» y el legado de artistas ecuatorianos menos conocidos:
6. Una Historia que Contar: El Viaje Fundacional a la Patagonia
La sexta clave, y de vital importancia, es que Guayasamín construyó una historia con sentido para toda su obra. Una narrativa que se adhiere a la memoria y que se convirtió en el pilar fundamental de su pintura. Esta historia es su viaje de 1945, desde México hasta la Patagonia.
Durante este periplo, Guayasamín conoció de primera mano el dolor de los pueblos, se empapó de las culturas indígenas y fue testigo de las atrocidades que soportaban los oprimidos. Este viaje fue el germen de su declaración: «Mi obra es el equipo universal, menos anecdótica, menos ponchos de indios, menos sombreros de indios…». Esta experiencia le dio la legitimidad y la inspiración para pintar lo que pintó, convirtiéndose en el motor de su fama a lo largo de su vida. Como bien se dice, «quien busca no puede enseñar nada porque ni él mismo sabe lo que busca», y Guayasamín, a través de este viaje, encontró su camino.
Conoce la historia que dio sentido a su arte aquí:
7. Legado y Visión de Futuro: La Capilla del Hombre y su Fundación
Finalmente, la séptima clave son los hitos que Guayasamín estableció en vida para asegurar su recuerdo. Dos de los más importantes son la Capilla del Hombre y su propia Fundación Guayasamín. Esta estrategia, similar a la de artistas como Miró o Dalí en España con sus propias fundaciones y museos, garantiza que su obra y su visión perduren en el tiempo.
La verdad es que a Guayasamín le fue extremadamente bien. A su muerte, dejó una herencia valorada en 50 millones de dólares. Contaba con su fundación, talleres, patentes y numerosos bienes. Sin embargo, las herencias, sobre todo las grandes, a menudo traen problemas. Guayasamín murió sin dejar testamento escrito, lo que desató una disputa legal entre algunas de sus hijas, que reclamaban las obras, y el gobierno ecuatoriano, que consideraba la obra como patrimonio del pueblo.
Cabe destacar que Guayasamín vivió 40 años en España, gran parte de su vida adulta, y de hecho, en Cáceres existe un museo dedicado a él. Esto me lleva a cuestionar si fue realmente un «pintor de Quito» o si, en su identidad y nacionalidad, también fue un «mestizo» como su madre, fusionando sus raíces ecuatorianas con su larga residencia en el extranjero. Después de Quito y España, también estuvo en Nueva York.
En definitiva, mi visión sobre la obra de Guayasamín es un 50/50. Hay piezas que considero de una calidad excepcional y un interés artístico indudable. Pero muchas otras, para mí, carecen de esa chispa, me parecen casi «imágenes de souvenir» hechas con una fórmula sencilla. Como dije al principio, para mí, tenía dos tipos de obra.
Conoce más sobre la herencia y las últimas reflexiones sobre Guayasamín:
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