¿Por qué Arcimboldo pintó cabezas compuestas? Un viaje al ingenio del Manierismo
Hola, soy Antonio García Villarán, y en este artículo te voy a desvelar las fascinantes y, a veces, extrañas historias detrás de las icónicas cabezas compuestas de Giuseppe Arcimboldo. Este artista, tan singular como El Bosco, se desmarcó de sus contemporáneos con un estilo inigualable. Al igual que Vermeer, la singularidad de Arcimboldo se acentúa por la rareza de sus obras: se estima que solo existen unas 25 piezas originales suyas en todo el mundo. Ante tal exclusividad, la pregunta es inevitable: ¿cómo era este genio?
La enigmática figura de Giuseppe Arcimboldo
De Arcimboldo solo se conocen dos autorretratos. El primero, una acuarela, lo muestra delgado y mirando al frente, una pose que también adoptaba Durero. Esta postura era una forma de equipararse a Dios, evocando las representaciones de los Pantocrátor que, mirando al frente, proclamaban «Yo soy el creador». Al servicio del emperador Rodolfo II (de quien te contaré más adelante, pues eran «tal para cual»), Arcimboldo recibió un título nobiliario, pasando de ser una persona humilde a noble. Quizás su pose frontal fuera una declaración de su nuevo estatus, un «¡Mira cuánto valgo!».
Su segundo autorretrato es aún más peculiar: Arcimboldo utiliza varias tiras de papel para conformar su rostro. En esta obra, ya podemos vislumbrar su ingenio y la semilla de sus futuras cabezas compuestas.
El renacimiento de Arcimboldo: De los impresionistas al surrealismo
A pesar de su extraordinario éxito en vida durante el siglo XVI, Arcimboldo cayó en el completo olvido tras su muerte. Tan profundo fue este olvido que, en 1920, un coleccionista intentó vender dos de sus cuadros sin éxito; nadie pujó por ellos, considerándolos casi obras de artesanía.
¿Cómo se recuperó entonces el interés por estas singulares cabezas compuestas? La clave reside en las vanguardias del siglo XX, especialmente en los impresionistas y surrealistas. Las ilusiones ópticas de Arcimboldo, como una cabeza hecha de flores que, al alejarte, revela un rostro, o un cesto de frutas que se convierte en una cara, resonaron con la técnica impresionista de componer imágenes a partir de múltiples pinceladas de color que solo cobran sentido desde la distancia. Para los surrealistas, el interés fue aún mayor. De hecho, la idea de las imágenes dobles, tan utilizada por ellos, tiene su origen en Giuseppe Arcimboldo.
Un claro ejemplo es este cesto de frutas y verduras. Visto de una manera, es una naturaleza muerta común. Pero si giramos el cuadro, ¡aparece un rostro! Es pura magia. Se dice incluso que Arcimboldo fue, en cierto modo, el precursor del bodegón, un género que Caravaggio explotaría magistralmente después.
En la década de 1950, Alfred Barr organizó una exposición de surrealistas en el MoMA. Como el surrealismo aún no estaba plenamente aceptado, Barr buscó precursores y incluyó obras de Arcimboldo. Así, no fue hasta mediados del siglo XX cuando el interés por este pintor resurgió.
«El Bibliotecario» y «Las Cuatro Estaciones»: fantasía y simbolismo
Una de las obras predilectas de los surrealistas fue El Bibliotecario. Fíjate cómo está formado: un conjunto de libros, papeles y utensilios de biblioteca conforman la figura de un hombre. Se cree que retrata a un bibliotecario real, un tal Wolfgang Lazius, un erudito talentoso que dominaba la medicina, la física, la historia y la cartografía. Esta composición, donde una imagen es a la vez varias cosas, es muy propia del surrealismo.
Podemos apreciar esta fantasía también en Las Cuatro Estaciones. Lo que parece un anciano está compuesto por un tronco con ramas podadas, uvas, manzanas, trigo, diversas flores y cerezas. Todas estas frutas y verduras de distintas épocas del año configuran un rostro. ¿No te recuerda a los árboles de Tolkien, o a las fábulas y cuentos infantiles donde los árboles tienen rostro y vida propia, como en El Mago de Oz? Arcimboldo, sin duda, ha inspirado a muchísima gente.
Los secretos detrás de su creatividad
¿De dónde venía tanta creatividad? Arcimboldo provenía de una familia de artistas. En el siglo XVI, la tradición era que si tu padre era pintor, tú probablemente también lo serías. Su padre elaboraba vidrieras en Milán, y Giuseppe asimiló esa técnica y el oficio. A los 21 años, ingresó en el gremio de pintores de Milán.
Su carrera despegó rápidamente. El emperador Fernando I de Viena lo nombró pintor de cámara, un puesto de prestigio comparable al de Velázquez o Goya en sus respectivas épocas. Sin embargo, en la corte, Arcimboldo no solo pintaba; era un auténtico artista polifacético. Realizaba decorados de mascaradas, confeccionaba trajes festivos, diseñaba espectáculos teatrales aparatosos, organizaba justas, nupcias, circos y bailes. Era un hombre con múltiples talentos al que, si el emperador le pedía, por ejemplo, fuegos artificiales o carrozas de dragones, él respondía con un entusiasta «¡Por supuesto, soy Giuseppe Arcimboldo!».
Pero fue con el emperador Rodolfo II con quien tuvo la mayor conexión. Rodolfo II, excéntrico y melancólico, era un amante de todo el campo del conocimiento. Juntos, el hambre y las ganas de comer, crearon una sinergia única. Para él, Arcimboldo realizó el magnífico retrato Vertumno, donde demuestra un profundo conocimiento no solo de la naturaleza, sino también de la anatomía. Fíjate, por ejemplo, en lo que parece un calabacín en el cuello, que representa el esternocleidomastoideo, un músculo que todos tenemos. Y no solo eso: los ojos, las cejas y la nariz tienen una base anatómica precisa.
En este retrato, Arcimboldo representó a Rodolfo II como Vertumno, el dios etrusco y romano de las estaciones y el cambio, con una nariz de pera, labios de frutos rojos y una oreja de mazorca de maíz. Una banda de flores cruza su pecho. Estas obras tenían tanto éxito que el emperador le pedía varias copias para regalar, por ejemplo, a su amigo Felipe II. Es por ello que de una misma obra existen diferentes originales de Arcimboldo, aunque muchos se han perdido con el tiempo.
Uno de los secretos de su técnica minuciosa y miniaturista es que Arcimboldo trabajó como ilustrador para los principales botánicos de su época. Todos los elementos de sus dibujos eran un fiel reflejo de la naturaleza. También se sabe que realizó retratos áulicos (retratos oficiales de palacio), pero los que se le atribuyen carecen de la calidad esperada, lo que sugiere que los mejores se han perdido.
Influencias clave: Los gabinetes de curiosidades
Para comprender por qué Arcimboldo creaba estas cabezas, es fundamental hablar de los gabinetes de curiosidades. En el siglo XVI, aún no existían los museos tal como los conocemos, pero sí estos gabinetes, lugares donde se mezclaban animales embalsamados con piedras preciosas, obras de arte, y objetos exóticos traídos de la India. Este «popurrí» de imágenes, sin duda, maceró su mente y le inspiró para crear sus cabezas compuestas. Rodolfo II, de hecho, poseía uno de los gabinetes de curiosidades más completos y mejores de toda Europa.
Fue en aquella época cuando se puso de moda la creación de objetos como «embutidos» de conchas y caracoles marinos, un precursor más rudimentario de lo que hoy podemos encontrar en las playas.
Estas ocho cabezas, que representan las Cuatro Estaciones y los Cuatro Elementos, fueron un encargo del emperador Maximiliano II. Tuvieron un éxito tal que, como ya te he mencionado, se las mandó repetir varias veces. Una de ellas fue un regalo para Felipe II, el entonces rey de España. De estas, solo nos queda una en el Patrimonio Nacional: La Primavera, ya que las demás se quemaron en un incendio (¿a qué te recordará eso? ¡A la parrilla, como a mí me gusta!). La Primavera se conserva en España, y en aquella época, Arcimboldo gozaba de un éxito rotundo. Felipe II, incluso, las colocó en sus aposentos del Alcázar de Madrid para disfrutarlas tranquilamente.
En La Primavera, la cantidad de flores es asombrosa, se han contabilizado más de 80 especies distintas. Arcimboldo no se inventaba las flores; se cree que pintaba del natural. En ella, vemos margaritas en el cuello, hojas de col, ortiga y zarzas en los hombros, lirios y muchas otras flores. Además, la figura de La Primavera está sonriendo, una peculiaridad de esta serie, cuyos retratos son de perfil. Sin embargo, Arcimboldo no se especializó solo en perfiles; también realizó retratos de frente y de tres cuartos, dominando todas las perspectivas.
Hoy en día, quedan poquísimas copias originales pintadas por la propia mano de Arcimboldo. En el Museo de Historia del Arte de Viena, por ejemplo, solo se conservan El Invierno y El Verano. Muchas de estas imágenes nos han llegado a través de copias realizadas por sus contemporáneos, no por el propio Arcimboldo.
Otra peculiaridad de las obras de Las Cuatro Estaciones es que un elemento emerge del pecho de cada figura. Al Verano le sale una alcachofa, y a La Primavera, una flor, pintada con una meticulosidad increíble, casi hiperrealista.
Raíces históricas y el misterio del significado
Estas composiciones no surgieron de la noche a la mañana. Arcimboldo conoció, sin duda, precedentes como este plato de cerámica humorístico, una cabeza hecha con penes, que se realizaba en épocas anteriores. También debió conocer las monedas con doble cabeza que, puestas del derecho, mostraban al Papa, y al girarlas, al demonio. Y, por supuesto, no pudo ignorar las maravillosas cabezas grotescas de Leonardo da Vinci, esas fisonomías monstruosas que realizó. La inspiración le llegó de muchos sitios.
Algunos piensan que estos retratos podrían ser humorísticos, o incluso una burla hacia los retratados. Sin embargo, yo creo que van mucho más allá, pues son estudios muy serios. En El Jurista, pintada en 1566, la figura de un miembro de la profesión jurídica tiene rasgos faciales compuestos por animales: su boca es la de un pez, sus bigotes son patitas de pollo, y su cuerpo es un conjunto de documentos legales. Se dice que este jurista se parecía al retratado, lo cual, si fuese cierto, le daría una cara de muy mala leche. A mí, en particular, me parece muy poético, simbólico e inteligente.
Entonces, ¿qué significado tenían realmente estos retratos? La verdad es que no se sabe. No existen escritos de Arcimboldo que expliquen si buscaba la burla, un juego intelectual, o ennoblecer a la persona. Lo que sí es cierto es que esto es muy propio del Manierismo, el estilo de su época. También se ha sugerido que eran bromas, aunque una broma así requeriría mucha elaboración. Incluso hay quienes, conociendo al artista, plantean que estas obras eran plasmaciones de teorías aristotélicas, un microcosmos de objetos configurando un macrocosmos. Puede ser.
Las obras maestras finales: «Flora» y «Flora Meretrix»
Hacia el final de su vida, Arcimboldo creó Flora y Flora Meretrix, dos obras de un gusto extraordinario, una maestría espectacular y un conceptualismo superior. La piel de las figuras está hecha de flores blancas, y en Flora Meretrix, la piel y las flores casi se funden en una sola cosa. En esta última, no solo encontramos una gran variedad de flores, sino también pequeños animales e insectos: se han identificado hasta 16 especies diferentes, incluyendo mariposas, lagartijas, orugas y ¡hasta una hormiga en el pezón!
Todo está pintado con veladuras muy suaves, con algunos empastes en ciertos momentos del cuadro. Son obras de una creatividad, desde mi punto de vista, extraordinaria.
El legado perdurable de Arcimboldo en la era contemporánea
Creo que el interés actual por Arcimboldo se debe en parte a nuestra propia fascinación por la vuelta a la naturaleza. Vemos anuncios que nos bombardean con productos «bio» y la idea de lo natural como lo mejor, de volver al campo. Los retratos de Arcimboldo, al representar al ser humano hecho de vegetales, flores y productos de la huerta, son increíblemente metafóricos y resuenan con esta sensibilidad contemporánea.
Arcimboldo ha influenciado enormemente la publicidad, con innumerables anuncios que adoptan sus cabezas compuestas. También inspiró a artistas de la talla de Dalí o René Magritte, quienes utilizaron imágenes dobles en muchas de sus obras. Otros artistas influenciados son el pintor y dibujante húngaro István Orosz, el artista Octavio Ocampo, la artista australiana Freya Jobbins (que crea cabezas con trozos de muñecas), y mi cineasta favorito, Jan Švankmajer.
La vida de Arcimboldo nos enseña muchísimo. Tuvo un éxito enorme en vida, llegó a la corte, pero al final de sus días pidió al emperador Rodolfo II volver a su Milán natal, donde montó un estudio de arte y murió a los 66 años. Y aunque algunos «especialistas» lo tacharon de obra menor, hoy en día sus creaciones conectan profundamente con la sensibilidad contemporánea. Ha renacido, es objeto de numerosos estudios, inspira a muchísima gente, y a mí, personalmente, me encanta.
Podría hablar muchísimo más de Arcimboldo y de todos los artistas a los que ha influenciado. Si te ha gustado este artículo, házmelo saber en los comentarios. Dime si te gustaría que hiciese una segunda parte, qué te han parecido las obras de este autor y, por supuesto, revienta el botón de «me gusta», suscríbete a mi canal de YouTube y comparte este vídeo. ¡Nos vemos muy pronto!








