Los 10 Mejores Besos de Amor en la Historia del Arte: Un Recorrido Apasionado
¿Te has preguntado alguna vez cuál es el mejor beso de la historia del arte? Aquí, en www.antoniogarciavillaran.es, te presento un top 10 personal, una selección basada en mis conocimientos y gustos, pero que sin duda te sumergirá en la belleza y la complejidad del beso de amor.
El beso es una expresión cultural universal, creada y representada por el ser humano de innumerables maneras. Hay besos fraternales, familiares, el beso de Judas, besos robados… pero en este recorrido nos centraremos en el beso de amor, una manifestación artística que, en tiempos de confinamiento, nos recuerda la importancia de la conexión humana. Curiosamente, grandes maestros como Velázquez, Goya, Miguel Ángel, Van Gogh o Leonardo da Vinci rara vez representaron el beso de amor en sus obras. Sin embargo, otros artistas sí lo hicieron, y de formas memorables. ¡Vamos a descubrirlos!
El Top 10 de los Besos de Amor en el Arte
10. Cupido y Psique – Antonio Canova (1787-1793)
En el décimo puesto, encontramos la exquisita escultura de mármol blanco de Antonio Canova. Aunque no es un beso en su apogeo, captura el instante previo, el deseo y la anticipación. Esta obra neoclásica, inspirada en el arte clásico griego y romano, puede parecer fría por su material, pero su composición es fascinante. La historia detrás es la de Afrodita, celosa de la belleza de Psique, ordenando a Cupido que la enamore del hombre más feo. Sin embargo, Cupido, al verla, se enamora perdidamente, raptándola mientras duerme. La escultura forma una X, con líneas sinuosas y curvas que insinúan movimiento y pasión contenida.
9. Cupido y Psique – Théodore Géricault (c. 1817)
Géricault nos ofrece una visión completamente distinta del mismo tema en este boceto. Como pintor romántico, su versión es más emotiva y menos idealizada. Utilizando solo carboncillo y aguada, logra una obra escultórica que se centra en los volúmenes. Aquí, los rostros se unen casi en uno solo, una idea que veremos potenciada más adelante. La composición, aunque también en cruz, es más asimétrica y orgánica, capturando la esencia del romanticismo. Esta obra, lamentablemente, no suele estar expuesta en el Museo Thyssen.
8. El Beso – Constantin Brâncuși (1907-1917)
Constantin Brâncuși nos presenta una escultura que, a primera vista, puede parecer simple, pero encierra una profunda simbología. Me decanto por su segunda versión (1917), aún más geométrica que la primera (1907). Es un beso compacto, donde ambas figuras comparten el mismo peso y forma, besándose de igual a igual, sin dominación. A pesar de haber sido alumno de Rodin, la obra de Brâncuși es radicalmente diferente. Las bocas se fusionan, los ojos parecen uno solo, y sus cuerpos, esculpidos en un arco ojival, evocan la imagen de una iglesia, un santuario del amor. La sutileza en la definición de hombre y mujer, y sus brazos entrelazados como columnas, refuerzan la idea de un amor como una columna inamovible.
7. Cumpleaños – Marc Chagall (1915)
Chagall, un artista que me fascina, podría haber ocupado un puesto más alto, pero este lugar nos prepara para lo que vendrá. En «Cumpleaños», el pintor retrata a su amada Bella en su casa. Él parece volar, el cuello se le tuerce como una serpiente para darle un beso, creando una metáfora fabulosa: el amor hace que todo flote, que la gravedad y la perspectiva dejen de existir. Los colores vibrantes, el suelo rojo pasión y los detalles como las flores en la mano de Bella y la cama en la habitación, sugieren la intensidad del momento. Una anécdota: la historia de este cuadro no fue tan idílica. Los padres de Bella desaprobaban a Chagall por ser pintor. Tras cuatro años en París, él regresó con éxito, pero la Primera Guerra Mundial les impidió salir de Bielorrusia. Aún así, vivieron su amor y Chagall pintó muchos más besos inspirados en ella.
6. El Beso – Gustav Klimt (1907-1908)
Sé que «El Beso» de Klimt es una obra icónica y muchos la situarían en el primer puesto, pero para mí, ocupa el sexto. No cabe duda de que es una de las obras más conocidas del artista, y tiene elementos que me encantan. Los patrones geométricos (cuadrados en el hombre, círculos en la mujer) y el fondo de «lluvia dorada» que evoca mosaicos bizantinos, dotan al beso de un aura sagrada. Sin embargo, hay detalles que me inquietan: la postura de la mujer sugiere una desproporción si estuviera de pie, una licencia artística quizás para encajarla en el formato cuadrado. Y las flores a sus pies, aunque decorativas, me parecen un tanto genéricas. Curiosamente, cuanto más lo observo, más encuentro otros besos con mayor profundidad o audacia. Este beso se inspira en el de El beso, episodio de juventud de Francesco Hayez, y la provocadora respuesta de Egon Schiele con Cardenal y monja (que aunque no es un beso, es incluso más lujurioso) me hace ver las limitaciones de la obra de Klimt.
5. El Beso – Edvard Munch (1897)
Volvemos a la oscuridad con una de las versiones de «El Beso» de Edvard Munch. Lo que más me gusta son los detalles, como el pequeño halo de luz que entra por la ventana, contrastando con la penumbra de los amantes. Esta oscuridad puede interpretarse como su propio mundo, íntimo y aislado del exterior. Las dos caras están prácticamente fusionadas, haciendo que los personajes sean uno solo en el acto del beso. Munch potenciaría esta idea en grabados posteriores, donde no solo los rostros, sino también los cuerpos se entrelazan, como en Brâncuși. Esta imagen es clave en su «Friso de la Vida», que explora todos los estados del amor, desde el cortejo hasta la decepción y los celos.
4. Pigmalión y Galatea – Jean-Léon Gérôme (1890)
Esta obra de 1890 es una de varias versiones que Gérôme hizo del mito griego de Pigmalión y Galatea. Pigmalión, el rey de Chipre y escultor, no encontraba a la mujer perfecta, así que decidió crearla. Esculpió una figura de marfil tan hermosa que Afrodita, conmovida por su devoción, le insufló vida. Este es el momento exacto que pinta Gérôme: Galatea, ahora mujer, se enamora de su creador. La historia de Gérôme tiene paralelismos con el mito, ya que él mismo pasó de la pintura a la escultura, creando sus propias figuras de mujeres perfectas. Mi única crítica es que, aunque estéticamente me encanta, la búsqueda de la «mujer perfecta» por Pigmalión me parece superficial, centrada en la belleza estética y no en la interior. Pero el arte no siempre busca la perfección. Te invito a investigar más sobre este mito, explorado también por Rodin, Goya, y muchos otros.
3. En la cama (El beso) – Henri de Toulouse-Lautrec (1892)
¡Por fin un beso que rompe moldes! He elegido este beso lésbico pintado por Toulouse-Lautrec por varias razones. Primero, porque ya es hora de mostrar la diversidad del amor. Esta serie de besos entre mujeres, supuestamente prostitutas, me parecen mucho más sensuales que muchos otros de esta lista. El tratamiento pictórico es magistral: líneas de color vibrantes, movimiento y un dibujo exquisito, sello del artista. Toulouse-Lautrec realizó esta serie de 16 pinturas por encargo para decorar un prostíbulo, donde incluso llegó a vivir temporadas. Esto le permitió capturar la intimidad y el compañerismo que a menudo se negaba a estas mujeres en su vida cotidiana. Si quieres saber más sobre este fascinante artista, te recomiendo el vídeo que hice al respecto para Crea13.
2. Los Amantes – René Magritte (1928)
En el segundo puesto, otro de mis autores favoritos: René Magritte y una de las cuatro versiones de «Los Amantes». Este beso imposible me fascina por múltiples motivos. Magritte logra representar el beso sin necesidad de pintar los rostros; cualquiera de nosotros podría estar bajo esas sábanas blancas. Es un beso sin identidad, abierto a un sinfín de interpretaciones. ¿Un juego erótico? ¿Un amor prohibido? ¿Amores pasados? ¿Un cuento surrealista de dos personas que se besan una vez y nunca más se ven? La inteligencia de este cuadro es asombrosa, y su impacto es tal que ha inspirado a otros artistas, como Pedro Almodóvar en «Los Abrazos Rotos», y ha sido objeto de innumerables homenajes. Además, con la pandemia, este cuadro cobra una nueva actualidad, casi profética.
1. El Beso – Auguste Rodin (1882)
Finalmente, el número uno es para una escultura, «El Beso» de Auguste Rodin. Es la obra más conocida del escultor y representa el símbolo del beso por antonomasia. Un hombre y una mujer desnudos, sentados en el mismo plano, sugieren una igualdad en la pasión. La escultura es admirable desde cualquier punto de vista, ofreciendo una visión bella sin importar dónde te sitúes. Aunque no es «perfecta» (por ejemplo, el brazo de ella es ligeramente más largo), su belleza reside precisamente en esas imperfecciones. La composición, además, evoca un infinito, una metáfora preciosa del amor eterno.
Sin embargo, detrás de esta imagen de amor puro, se esconde una historia de traición. La escultura representa a Paolo Malatesta y Francesca da Rimini, cuñados, cuya infidelidad se narra en la Divina Comedia de Dante. Son sorprendidos por el marido de Francesca (hermano de Paolo) en el momento de su beso prohibido y asesinados. A pesar de esta trágica historia, la imagen de Rodin supera el relato, transmitiendo una pasión que ha cautivado al público desde su concepción. Su éxito fue tal que se hicieron numerosas copias en mármol y bronce, y hoy es una de las obras más comercializadas en el mundo del arte.
Menciones Especiales y Otros Besos Memorables
Me dirás, Antonio, ¿y qué pasa con Picasso? ¡Picasso pintó muchísimos besos! Y sí, podría haber un ranking solo de los besos de Picasso, con sus múltiples variaciones estilísticas (1901, 1925, 1931, 1969), como el que muestra a una mujer besando un cuerpo, una obra que personalmente me encanta.
Tampoco he incluido «El Beso» de Klimt por considerarlo un poco frío, ni la poderosa escultura de Luis Bolívar, «Los amantes entrelazados», pues no está claro si es un beso o algo más íntimo.
Pero no podía faltar una mención al dibujo que utilizaba como firma mi amigo Luis Eduardo Aute, un solo trazo que capturaba un beso apasionado, una muestra de su genialidad. A Aute, sin duda, le dedicaré un vídeo entero. Si aún no conoces su obra, ¡no sé a qué esperas!
Espero que hayas disfrutado de este recorrido por los besos más icónicos de la historia del arte. Me encantaría saber cuál es tu beso favorito. Déjamelo en los comentarios, y no olvides compartir este artículo, suscribirte a mi canal de YouTube Antonio García Villarán y reventar el botón de «me gusta». ¡Nos vemos muy pronto!








