¿Quieres descubrir la faceta más sombría de España? En este artículo, Antonio García Villarán te desvelará por qué José Gutiérrez Solana, uno de sus pintores favoritos, plasmó esa realidad. Nacido a finales del siglo XIX, Solana creó una de las obras más interesantes de la pintura española, pero que, incomprensiblemente, ha caído en cierto olvido.
A diferencia de artistas como Picasso o Kandinsky, que pintaban de dentro hacia afuera, Solana interpretaba el mundo «de fuera para adentro», traduciendo en sus lienzos todo lo que veía, ya fuera figurativo o abstracto.
José Gutiérrez Solana: Un artista incomprendido y esencial
Solana (0:20) se desmarcó de las vanguardias de su tiempo con una obra que muchos «modernitos» han preferido ignorar. Su estilo, alejado de las tendencias dominantes, lo emparenta más con figuras como el belga James Ensor o los españoles Paco Cuadrado, Paco Cortijo y Cristóbal Aguilar, todos ellos también un tanto olvidados. Incluso podría situarse en el mismo grupo que la fantástica artista alemana Käthe Kollwitz (1:00), cuya reivindicación es igualmente necesaria.
La España de Solana: Decadencia y crítica social
Solana pintó los atroces arrabales de un país desmembrado. Sus obras, llenas de simbolismo, nos muestran una España cruda y grotesca. Especialmente significativas son sus vitrinas y escaparates (1:35) con maniquíes, que recuerdan la obra de su amigo Ramón Gómez de la Serna, quien le dedicó un libro.
Los escaparates y la involución
Para Solana, esas vitrinas representan la involución española, imágenes que evocan el Museo Arqueológico de Madrid de aquella época con vestidos de los siglos XVIII y XIX. Los maniquíes, hieráticos y expuestos tras cristales, parecen personas que quieren serlo, pero están encerrados (2:00). ¿No es esta una metáfora de aquellos que pretenden que todo siga siempre igual, condenándolo al moho y la ranciedad?
Una mirada sin filtros a los bajos fondos
El pintor madrileño (2:25) «despellejó literalmente la piel de toro» para mostrarnos una realidad donde la verdadera belleza reside en la vida de los más desfavorecidos. Sus pinceles retrataron:
- Tabernas y casas de dormir
- Comedores de pobres y bailes populares
- Corridas de toros y rastros
- Coristas y cupletistas
- Puertos de pesca
- Crucifixiones y procesiones de Semana Santa
- Carnavales con gigantes y cabezudos
- Sacristías y prostíbulos
- Personas con deformidades y ejecuciones
- Osarios y combates de boxeo
Todo lo que veía por la calle pasaba por su particular filtro. Si viviera hoy, seguramente tendría su propio filtro de Instagram, el «filtro Solana»: crudo, negro y duro (3:40).
La singularidad de Solana: ¿Por qué no tuvo discípulos?
Quizá por su inmersión profunda en el «fango» de la realidad, Solana no tuvo imitadores ni discípulos (3:50). El poeta Juan Ramón Gómez de la Serna dijo de él que «empujaba la vida más rara a su tránsito más feo».
El feísmo como espejo de la realidad española
Indudablemente, Solana cultivó el feísmo (4:15). Pero, ¿qué es lo bello y lo feo? Para muchos, sus pinturas son bellas. Comprender a Solana es entender de dónde venimos los españoles; es la imagen de la pobreza, la mezquindad y los suburbios como modo de vida habitual. Al mirar sus cuadros, es imposible no recordar el documental de Luis Buñuel Las Hurdes, tierra sin pan (4:40), que muestra la terrible situación de atraso de la España rural con imágenes brutalmente realistas, basándose en los estudios del hispanista Maurice Legendre.
La verdad incómoda de Solana
Solana desagrada porque es demasiado realista, demasiado crudo. Nos arroja la verdad a la cara (5:20). Sus imágenes, sabemos, eran reales en los pueblos de España. Esta es la España desgarrada por los estragos de la guerra civil, embrutecida por la falta de aprendizaje y conocimiento, una realidad que nos obliga a reflexionar, y que Antonio García Villarán admira profundamente en su obra.
Un pintor al margen de su tiempo
Por todo esto, Solana siempre fue un pintor marginal (6:00), al margen de su tiempo, de las modas, del mercado y hasta de la política, aunque sus obras sean profundamente reivindicativas. Algo parecido hacía Rézende, a quien Antonio dedicó un vídeo.
Infancia y formación: Los orígenes de un espíritu atormentado
Aunque su obra pueda sugerir locura, Solana no era «el loco de la familia» (6:25); su madre, hermano y tío paterno sí fueron diagnosticados como tales. En alguna ocasión, llegó a decir que, de no haber sido pintor, le hubiera gustado ser un famoso criminal. En realidad, provenía de un origen social privilegiado, veraneaba en Santander y tuvo institutriz francesa y criado, pero la fortuna familiar mermó con la crisis de 1898, convirtiéndole en un hidalgo venido a menos.
Se inició en el dibujo con su tío, catedrático en Salamanca, y estudió en la Academia de San Fernando de Madrid (7:05), donde no tuvo una buena experiencia; sus profesores llegaron a decirle que nunca sería pintor, al igual que le ocurrió a Egon Schiele. Sin embargo, en 1906, obtuvo una mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes.
Su primera exposición en París en 1928 fue un fracaso (7:20). Y en otra ocasión, el rey Alfonso XIII visitó una exposición donde había cuadros de Solana, y los organizadores los escondieron detrás de una puerta para que no los viera. «Muy poca gente aguanta la verdad», como dice Antonio.
Solana frente a Zuloaga: Dos visiones de la España oscura
Se le ha relacionado mucho con Ignacio Zuloaga (7:45), a quien se le atribuía mejor técnica y que, incluso, realizaba retratos oficiales. Zuloaga era más oscuro que Sorolla, pero no tanto como Solana. Un dato interesante es que Zuloaga llegó a comprar obra a Solana (8:00), lo que Antonio ve como un gesto de apoyo a un amigo artista o un reconocimiento de su calidad para aprender. En cuanto a la técnica, ¿se puede decir que Murillo tenía mejor técnica que Monet? ¿Qué es la técnica?
Personajes de Solana: La mirada de la resignación
La España que retrata Solana, bella por triste, es la otra cara de la tradición (8:30). Sus personajes carecen de esperanzas, son casi autómatas, con miradas de otro tiempo, a menudo perdidas en el vacío, pensando en que no hay futuro. Son «vivos muertos», cuya única razón de ser parece ser mantenerse en pie por el simple hecho de hacerlo.
El paisaje humano de la España interior
Solana retrata sobre todo la España interior, la castellana, la porteña (9:15). No se adentra en la España del sur o del levante, luminosa, como sí hizo Sorolla.
La marginalidad personal de un genio
No solo sus pinturas eran marginales; él mismo se mantuvo al margen hasta el final de sus días. Francisco Umbral (9:45) decía de él que guardaba los lienzos debajo de la cama, y que cuando venía un comprador, los sacaba, los desenrollaba y los enseñaba. Afirmaba que Solana no era un snob, sino un «contra-snob» que no quería saber nada de la vanguardia. Umbral también comentó que Solana nunca supo que era el más grande del expresionismo español, algo con lo que Antonio García Villarán está bastante de acuerdo.
El telón de fondo de su obra: Una España en posguerra
¿Qué otra cosa iba a pintar Solana (10:25) si veía lo que veía? La posguerra española se caracterizó por más de 50.000 ejecuciones, cárceles atestadas, analfabetismo, hambre y penuria económica por doquier. Antonio se pregunta si la película Los Santos Inocentes de Mario Camus, basada en el libro de Delibes, no se inspiraría en los cuadros de Solana.
Francisco de Goya: El eco en la obra de Solana
Si hay algo claro en la pintura de Solana (11:00), es que su gran inspiración fue Francisco de Goya. Aunque le dio su pátina, su personalidad y su oscura visión de las cosas, ambos compartían una tierra oscura, retratos de campesinos, beatas, supersticiosos, alcahuetas, fiestas locales y toros. Sin embargo, había matices que los separaban: Goya es de mediados del siglo XVIII a principios del XIX, mientras que Solana es de finales del XIX a mediados del XX.
El Pelele: De juego a denuncia social
Comparamos dos obras tituladas El Pelele (11:50). En la de Goya, unas mujeres mantean un muñeco como un juego. En la de Solana, parece que mantean al señor o al cacique del pueblo, un acto más violento, una clara denuncia social.
Las Pinturas Negras y su legado
Las Pinturas Negras de Goya, impulsadas por la Generación del 98, empezaron a exponerse en el Museo del Prado en 1886, justo el año en que nace José Gutiérrez Solana (12:35). Cabe destacar que existen muchas falsificaciones de estas obras, realizadas incluso por el hijo, nieto y colaboradora de Goya.
Carnavales y el fin del mundo
Otra curiosidad es que Solana, que pintó muchos carnavales, también nació en un día de carnaval (13:10). Su obra El Fin del Mundo es espectacular, con una composición complejísima. Evoca temas medievales y renacentistas como la danza macabra, pero actualizados. Vemos cielos grecolatinos, figuras que recuerdan a Goya, caballos desbocados, esqueletos matando con sus propios huesos, y un movimiento violento de líneas quebradas. Al fondo, un posible tsunami, la imagen de un mundo que se acaba.
La Guerra y la esencia lúgubre
En su obra La Guerra (13:30), con su composición en ‘L’ y un suelo de cráneos, los esqueletos vuelven a ser asesinos, en un tema claramente simbolista. José Francés llegó a decir que la pintura de Solana «destila una excitación maligna, la esencia lúgubre de nuestra raza».
Máscaras: El entierro de la sardina
Comparando El Entierro de la Sardina de Goya y Solana (14:00), vemos cómo la máscara es un elemento recurrente en la carrera de este último. Sus máscaras son grotescas, rudas, caricaturescas y simbólicas, sin la elegancia de las venecianas. Muestran lo peor de nosotros mismos. Sus obras están llenas de agresividad visual: personajes con escobas, sartenes, bastones, chorizos colgados, bebiendo borrachos con paraguas rotos, realizando pantomimas grotescas. La máscara (14:45), despojada de su contexto festivo, se convierte en una metáfora social.
Solana (14:50) no solo creaba dibujos y grabados (ninguno de estos últimos impreso en vida), sino que realizaba variantes de un mismo tema, mejorando sus obras con cambios en la composición y el color, creando siempre piezas originales, a diferencia de otros artistas como Andy Warhol.
La locura en Solana: ¿Un mundo sin cuerdos?
Curiosamente, al contrario que Goya, Solana nunca pintó escenas de locos (15:20). ¿O quizás siempre pintó locos? ¿O consideraba que este mundo era un manicomio y que todos estamos locos? Una procesión, por ejemplo, para él, era una auténtica locura.
Las procesiones: Fanatismo y desesperación
Pintó muchas procesiones (16:00), especialmente de Castilla, de la España profunda, así como de Semana Santa en Cuenca, Calahorra y otros lugares. Los rostros que aparecen son fantasmagóricos, goyescos, e incluso, en ocasiones, recuerdan a la obra de Munch. Si las comparamos con las procesiones de Sorolla, donde todo es bonito, colorido, ordenado y limpio, Solana nos muestra una conmemoración de la cristiandad a través de personajes que no saben por qué están ahí, haciéndolo por inercia. Es el divertimento de un pueblo ocioso, pobre y fanático (16:45); beatas enlutadas y hombres de campo, retratos de una España que necesitaba creer en algo para no caer en la desesperación, en el abismo.
Sus cuadros tienen algo de ilustración, de pop, pero un pop oscuro. Los colores, a menudo, parecen planos, debido al alto contraste, pero en realidad, Solana usaba muchos, solo que predominaba el negro y los tonos oscuros (17:00).
La tauromaquia de Solana: Sangre y denuncia
Otro tema recurrente en Solana, al igual que en Rézende, eran los toros (17:20). Sin embargo, mostraba lo más crudo de la fiesta: hombres bebiendo mientras matan al animal, haciéndolo por inercia. No propone la fiesta como algo alegre o divertido, sino siniestro, triste e incoherente, una fiesta sangrienta y brutal en su ignorancia. Caballos sangrando, destripándose por el cuerno del toro, trajes de luces sin luz, toreros impasibles, y una tierra pisada, oscura, manchada de sangre (18:15).
No solo pintó corridas de toros, sino también cuadros como El Desolladero o Patio de los caballos (19:00), de una brutalidad tremenda. Es la puerta de atrás de la fiesta, donde se ve a personajes con cuchillos y hachas, preparados para desollar al animal. En La Capilla de Ronda (19:20), el torero saluda con la mano llena de sangre y el toro sangra por la boca. Así era y así somos. Aunque se dice que a él le gustaban los toros y que llegó a ser peón de la cuadrilla del torero Bomba, Antonio duda que fuera un aficionado, viendo las imágenes de denuncia que pintaba.
La mujer en la obra de Solana: Entre la seducción y la marginalidad
¿Cómo veía Solana a las mujeres (19:50)? Su cuadro La Cupletista (20:00) parece una copia de Goya, incluso con influencias de la Olympia de Manet, pero polarizado. La cupletista fuma un cigarrillo, vestida de goyesca, mirando desafiante y confiada al espectador, casi como una torera. Como en la Olympia, que tiene un gato, la cupletista tiene un perro guardián, todo muy simbólico. Este cuadro también se inspira en el Bar del Folies Bergère (20:45) por el bodegón de botellas y vasos. Solana sabía coger lo mejor de cada artista. También tiene cuadros de toreras.
Los Chulos y las Chulas: Retratos del hampa
Un cuadro muy importante son Los Chulos y las Chulas (21:15), seis retratos de personajes de los arrabales, del hampa, que observan con la mirada perdida, casi de locos. Sus ojos describen un recorrido semicircular, y las pinceladas son seguras y concretas. Solana también retrata a mujeres de la calle, peinadoras junto a maniquíes desmembrados, de los que realizó bastantes variantes. Jiménez Caballero lo publicitó como «el primero de los salvajes ibéricos», destacando su primitivismo (21:45).
Los payasos de Solana: La tristeza detrás de la máscara
Una de las obras más fascinantes de Solana es Los Payasos (22:00). La composición descentrada no es caprichosa; detrás hay un espejo que refleja la parte posterior. Para Antonio, esto es una metáfora de ver lo que normalmente no se ve de los payasos, que aparecen tristes, hieráticos, con una tristeza arrastrada.
La fotografía como inspiración
Al igual que muchos otros artistas, Solana utilizó fotografías como base para sus obras. Su Café-Cantante (22:40) es una copia casi literal de la famosa fotografía del mismo título de Emilio Pucci, tomada en Sevilla en 1888.
La Tertulia del Café Pombo y sus secretos
Sin duda, uno de sus cuadros más famosos es La Tertulia del Café Pombo (23:05), un retrato múltiple de intelectuales de la época, de los que hoy solo recordamos a Gómez de la Serna. Esta obra se ha comparado con Las Meninas por su espejo trasero y su composición, aunque Antonio lo asocia más con La Fragua de Vulcano.
El cuadro guarda un secreto (23:35): en 2001, una radiografía reveló una obra oculta debajo, de carácter religioso. Fue una posible broma de Solana a sus amigos. Gómez de la Serna le encargó la obra en 1920, y estuvo colgada en el Café Pombo mucho tiempo antes de llegar al Museo Reina Sofía.
La Procesión de la Muerte: Una vanitas moderna
El Reina Sofía también alberga otra obra que Antonio visita siempre: La Procesión de la Muerte (24:20), un óleo de 1930. Al verla, es inevitable pensar en Brueghel el Viejo, Holbein el Joven, Durero, y sobre todo en Valdés Leal. Es una vanitas barroca, que nos recuerda nuestra mortalidad, la insignificancia del cuerpo y la futilidad de la superficialidad.
Otra obra destacada con esqueletos y huesos es El Osario (24:45), de composición fantástica.
Conclusión: El legado de Solana
La obra de Solana es inabarcable y profunda. Su capacidad para explorar la oscuridad del ser humano y la crudeza de la realidad española lo convierte en un artista fundamental para entender nuestra historia y nuestra propia esencia. Si te ha gustado este viaje por su universo, compártelo y deja tu comentario.
Recursos adicionales y reflexión final
Si te interesa profundizar en la obra de Solana, Antonio García Villarán recomienda (25:25) un catálogo bastante completo para comprenderlo y descubrir sus muchas obras. También te anima a leer su obra literaria, ya que Solana fue también un escritor notable. Y por supuesto, no olvides echar un vistazo a los libros de Antonio.
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